Crimen y desposesión de la palabra

Artículo publicado originalmente en la Revista Komuya.

Supe hace unos días de la tortura y asesinato de Sara Millerey, una mujer transexual de treinta y dos años, y lo supe dos veces: la primera, por la mañana, cuando la historia apareció en alguna de mis redes sociales; la segunda fue unas horas después cuando, con miedo e incredulidad, tuve que buscar la noticia en la prensa porque no podía creerlo. ¿Había sucedido de verdad, era una noticia, o había solo una mala pesadilla, o tal vez un bulo más de los tantos que vemos en redes sociales? La noticia estaba ahí. Algunos medios como El País, CNN o BBC lo contaban tal cual se había difundido en redes. El 4 de abril, alguien aún sin identificar golpeó a Sara con brutalidad fracturándole los huesos de las cuatro extremidades y la arrojó a una quebrada para ver cómo se ahogaba lentamente. Mientras, todo esto fue grabado y las imágenes fueron distribuidas por redes sociales.

«Ahora me voy a quedar con esas imágenes toda la vida», decía Sandra Borja, la madre de Sara, en una entrevista. El video que se podía ver en redes sociales —alentado de manera inevitable por el algoritmo— mostraba el momento en el que Sara llora mientras se hunde en un riachuelo color lodo. No mostraba la cámara a quien graba sin socorrer, a los que, imaginamos, estaban allí observando con crueldad o cobardía, y solo actuaron cuando ya era demasiado tarde. Después de aquello, Sara fue trasladada al centro médico en el que murió.

Ahondar en el detalle de los hechos, resulta más escandaloso. Alertada por teléfono, la madre de Sara acudió al lugar y allí pudo ver en persona cómo su hija se estaba ahogando mientras un breve tumulto de gente y otros tantos desde las ventanas grababan el crimen con sus móviles. Fue su madre la que luchó por sacarla del lodazal.

Esta historia se repite desde tiempos del Nuevo Testamento: el asesinato injusto que sucede a plena luz del día, a los ojos de una sociedad contemplativa e inhábil para actuar en defensa de la justicia. Serán las fechas: cómo no pensar en Sandra Borja sosteniendo en sus brazos, como una piedad renacentista, el peso de su hija, el peso de la crueldad, mientras un río de odio barre todo lo que la humanidad pudo haber aprendido sobre la bondad o la empatía.

Solo después de que las imágenes se distribuyeran por redes sociales, las autoridades se movilizaron con una diligencia que apenas supera lo protocolario: se han condenado los hechos, se han ofrecido recompensas para identificar a los autores del asesinato —a los que se relaciona con bandas que extorsionan y asesinan en el lugar de Antioquía donde sucedieron los hechos—, pero aparte de esto, en la fecha en la que escribo estas palabras, pese a que no parecen faltar los testigos, poco más ha trascendido de los autores del asesinato.

«¿Qué hay en la cabeza de una persona que ve un ser humano sufriendo y agonizando para no prestarle el auxilio? [...] Si desde la iglesia no rompemos el silencio y rechazamos cualquier acto violento que dañe al ser humano lo estamos haciendo mal. [...] La construcción identitaria de cada sujeto es asunto de cada sujeto», decía pocos días después un sacerdote católico en su homilía, una de las pocas voces de autoridad que se han podido escuchar al respecto.

Pero el ojo del testigo no solo observa, sino que además graba, tiene el cuidado suficiente para poner el foco en la víctima, para no ser delator de los asesinos de quienes omiten el socorro, y luego distribuye las imágenes que desde ese momento se convierten en contenido de entretenimiento en redes sociales. Hay un crimen después del crimen que sucede y se repite en nuestras propias manos, en la reproducción irremediable de esas imágenes en nuestros teléfonos, en la tecnología que sirve para convertirnos en parte del tumulto, testigos que observan sin actuar. Cuesta trabajo ver en las imágenes denuncia o reivindicación, en el mejor de los casos es solo morbo, en el peor un alimento que da alas a la transfobia. Medios, influencers, aficionados, se tomaron el tiempo de elaborar contenidos recreándose en la grabación de Sara ahogándose en un río. Para sortear la posible censura de los algoritmos, se generaron mediante IA imágenes al estilo manga que infantilizaran lo que no deja de ser macabro. Y para colmo, para poder comentar los hechos sin dejar de ver las imágenes, los influencers se toman la molestia de superponer la imagen de su rostro —su jeta de comentaristas— a las imágenes del asesinato.

En una prolongación del dolor, el crimen después del crimen es la desposesión de la palabra. Primero porque se echa en falta una reacción internacional contundente, no sólo por parte de los poderes de los diferentes estados de lo que pretendemos llamar el “mundo civilizado” —cuyas fronteras no están aún demasiado claras—, sino también por parte de la prensa, que sólo ha prestado atención al hecho de manera discreta en secciones digitales dedicadas a otras lenguas. En manos de los creadores de contenido de internet, se habla de derechos y de crimen. Muchos influencers comentan que “esto también es un ser humano” mientras proyectan la imagen de Sara ahogándose en el río.

Es un ser humano, pero cuesta trabajo entender que no siempre encontramos la expresión “mujer transexual” en lo que inicialmente parecía ser una denuncia del odio. ¿Qué pensamiento subyace esa negación de la identidad elegida por Sara Millerey? ¿Quizás ven un exceso de violencia física, pero sin querer contener la transfobia o tal vez ni siquiera son conscientes de ella? En otro crimen más de la palabra, el que consiste en desposeer a alguien de su nombre propio, hubo autoridades que se refirieron a Sara Millerey en sus comunicaciones utilizando un nombre masculino en lugar del suyo.

Quizás, solo quizás, una reacción de denuncia en la prensa convencional, rigurosa y contundente, con las palabras apropiadas, hubiera puesto freno al crimen de la imagen, la hubiera neutralizado haciéndola inexcusable y esto hubiera minado impunidad a sus asesinos. Sin embargo, los días pasan y las cifras de agresiones y asesinatos tránsfobos crecen y se perpetúan en un lenguaje que invisibiliza, que niega la identidad a una parte de la población.

Leer el artículo completo en Revista Komuya (Mayo de 2025, página 23).

G.G.Q.
Madrid, 30 de mayo de 2025