Lecturas compartidas
El libro abierto, Juan Gris (1925).Hay una transición difusa entre el silabeo con el que los niños empiezan a escribir y la aparición acompasada de las lecturas rítmicas, notas largas que dan las sílabas. Emma, se paró de repente en mitad de la calle y comenzó a leer cartel:
FI…SI…O…TE…RA…
No terminó la palabra, se detuvo en el vértigo de la emoción, como si se hubiera asomado a otro mundo, como Bastián comenzando a comprender el mecanismo mágico de La historia interminable.
La lectura nos llena de una felicidad muy similar a la de caminar. Los primeros pasos y las primera sílabas, torpes y sin dirección. PEZ…ZZZZ…LU…NA, lee en un libro de animales marinos que le compré una tarde en el bulevar de Peña Gorbea. Pez Luna, repite del tirón.
Ya en la profundidad abisal de los libros de cuentos, recuerdo que una de mis primeras lecturas fueron las historias de un grupo de niños habitantes de un planeta lejano y diminuto que inventó Patricia Barbadillo. «Rabicún es muy pequeño y sólo tiene dos pueblos». Muchos años después, leí estas historias a Óliver. Luego las leyó él solo. Una de las cosas más sanas de la lectura es que se puede compartir, por eso vamos a otros con entusiasmo a prestarles libros que no quieren leer: porque es la mejor manera que tenemos los adultos de leernos entre nosotros.
No recuerdo el momento en que comencé a leer, pero sí guardo la memoria difusa de una tarde en la que iba por la calle con mi madre y descubrí que, poniendo algo de esfuerzo, las palabras de los carteles de las tiendas cobraban sentido. Lo que no recuerdo es qué ponía en ese cartel esclarecedor. ¿Sería un sueño? ¿Un recuerdo inventado?
La magia de la lectura. De repente consigues descifrar un mundo al que antes no habías prestado atención. Ni siquiera distingues las letras de un garabato cualquiera y de súbito las paredes cobran sentido, los titulares del telediario, las ofertas de las tiendas, las cajas de ultramarinos, y los libros, los pequeños y los inabarcables, los que te entretendrán un rato y los que te cambiarán la vida para siempre. Al inicio de los dibujos de David el Gnomo, una introducción escrita advertía de que las historias habían sido extraídas de El libro secreto de los gnomos. Si todo aquello era una historia escrita, entonces, debía de ser cierto, y si además estaba escrita en un libro secreto, además de cierto era valioso.
De adulto, uno sigue aprendiendo a leer. Hay muchas formas de aprender a leer. Descubres que los ideogramas son palabras con una arquitectura diferente a las que tú conoces: un universo paralelo en el que el lenguaje escrito funciona con un mecanismo de nuevo incomprensible que te devuelve al niño que fuiste. Hay lenguas que necesitan de otros alfabetos.
Poco después de haber estudiado un poco el alfabeto griego descubrí que con mucho esfuerzo ya podía empezar a descifrar, sin entender, los hexámetros de la Iliada. Apenas el primero pasó de esto:
Μῆνιν ἄειδε, θεά, Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος
a esto otro:
Μῆνιν ἄειδε, θεά, Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος
y luego:
mēnin aeide theá Pēlēïádeō Akhilēos
Otro cantar será entender que ahí pone “¡la cólera de Aquiles canta, oh diosa!”. (Y hasta aquí llegó mi lectura párvula).
Viajas al leer y sigues leyendo los carteles cuando viajas, buscando indicaciones en idiomas que jamás aprenderás a hablar, neerlandés, euskera, gaélico, árabe.
Quizás yo creía que ya sabía leer cuando compré mi primera edición de Poeta en Nueva York y tuve que enfrentarme de nuevo a palabras que no comprendía y aprender a leerlas. Aprender a leer significó entonces darme cuenta de que hay poemas o historias que no están escritas para comprenderse, sino que basta con sentirlas. En realidad es algo que sucede desde la primera vez que lees “Pez Luna” y que se va sofisticando con el tiempo, pero creo que yo no había sido consciente hasta entonces.
Otra forma de aprender a leer es buscar en los textos aquello que no se dice: tanto lo que se sugiere como lo que se pretende dejar oculto. Supongo que en definitiva no haya otra forma de leer.
En realidad escribo esto mientras evito la forma más complicada de las lecturas: la de los textos que no están escritos. Me desvela la hoja en blanco y acudo a la mesa desde la que escribo. Titubeando, silabeo apenas unas palabras y las borro|,las tacho,
vuelvo a intentarlo,
algunas de pronto arrojan luz a algo que quería comprender y encuentro entonces ese abismo del descubrimiento.
Cuando escribo, tengo de nuevo las manos de un niño.
G.G.Q.
Madrid, 19 de diciembre de 2025




