Oscar Wilde

Oscar Wilde en su visita a San Francisco, dibujado por George Frederick Keller para Wasp Magazine en 1882. Oscar Wilde en su visita a San Francisco, dibujado por George Frederick Keller para Wasp Magazine en 1882.

En una calle cerca del Pont des Arts, en el VI distrito de París, está el hotel en el que murió hace ciento veinticinco años Oscar Wilde. Enfermo y sin dinero, ayudado por los pocos amigos que conservaba, se alojaba en el piso bajo de l'Hôtel bajo el pseudónimo de Sebastian Melmoth. «Mi ruina sigue siendo más interesante que la vida de la mayoría», había dicho a un amigo suyo.

Cinco años antes, estaba en la cima de su carrera cuando fue enviado a prisión condenado por «sodomía y de grave indecencia». Oscar Wilde mantenía una relación con Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry, quien demandó a Wilde. La condena, que supuso un escándalo en la época, catalizó un endurecimiento de la homofobia en Gran Bretaña y en Europa. Encerrado en la cárcel de Reading, se tuvo que enfrentar a unas condiciones infrahumanas y además a la prohibición de hacer literatura. Aquel que vive más de una vida, más de una muerte tiene también que morir, habría dicho él.

A la salida de la cárcel, en 1897, Wilde y Douglas se reencontraron y vivieron unos meses juntos en Nápoles. Luego, la presión de sus familias, la amenaza de retirarles el apoyo económico, hizo que se separaran definitivamente. Oscar Wilde se trasladó a París.

Se ve que la habitación no era del todo del gusto de Wilde: «o ese papel pintado se va, o me voy yo», fue la enésima y última frase de Oscar Wilde digna de anotar en un recorte para la carpeta del instituto o una taza.

La vida gubernamental, la política, la justicia, van rematadamente tarde. El perdón oficial no le llegó a Oscar Wilde hasta 2017, cuando fue uno de los aproximadamente cincuenta millares de hombres indultados por actos homosexuales mediante la conocida como Ley de Turing (al propio Turing, como ya sabéis, también le llegó muy tarde). No fue hasta el mes pasado, más de un siglo después de expatriación infame, cuando la Biblioteca Británica le devolvió el carnet que le había retirado en 1895. La restitución tardía llega con un doble reverso de sarcasmo, porque llega muy tarde, claro, pero también porque la Biblioteca conserva manuscritos del propio Wilde —como, por otro lado, es natural—. Recogió el documento su nieto Merlin Holland.

«Todos los juicios son juicios para la vida —escribió desde la cárcel—, al igual que todas las sentencias son sentencias de muerte... La sociedad, tal como la hemos constituido, no tendrá un lugar para mí, no tiene ningún lugar para ofrecerme; solamente la Naturaleza, cuyas dulces lluvias caen sobre los justos y los injustos por igual, tendrá grietas en las rocas en las cuales podré esconderme».

Su tumba en el cementerio de Pére Lachaise está protegida por una mampara y cubierta de besos, pintadas y corazones que dejan sus enamoradizos seguidores. «​​Vivir es la cosa más rara del mundo».

G.G.Q.
Madrid, 30 de noviembre de 2025