Ornamento y redención

Sesión de tatuajeSesión de tatuaje. Fuente: PxHere

En el estudio, en un cuadro en la pared, había una extraña máquina: un boli bic unido con cinta aislante a un pedazo de madera y a una de esas pilas cuadradas. Recordé algo que había escrito el arquitecto Adolf Loos: «El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado. Hay cárceles donde un ochenta por ciento de los detenidos presentan tatuajes. Los tatuados que no están detenidos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Si un tatuado muere en libertad, esto quiere decir que ha muerto antes de cometer un asesinato».

A Ötzi, el famoso hombre momificado que apareció congelado en los Alpes en 1991, le encontraron decenas de marcas en la piel, líneas tatuadas quizás con una intención chamánica. Hay quien ve relación entre la situación de los tatuajes de Özti y los puntos que se presionan en los tratamientos de acupuntura. Con unos 5300 años de antigüedad, es la persona tatuada más antigua que conocemos. Pertenecía a un tiempo en que la magia y la terapia iban de la mano.

¿Qué ingenio tendría la gente del pueblo de Ötzi para tatuarse hace 5300 años? El tatuaje aparece en los lugares más inverosímiles. En prisión, en una exhibición de proto-tecnología, algunos reclusos construyen sus propias pistolas para tatuar con el motor de una afeitadora acoplado a la carcasa de un bolígrafo junto con un cepillo de dientes que haga la sujeción más ergonómica. Todo esto se alimenta con una pequeña pila. La aguja para tatuar se fabrica con grapas, o con clips, o con la espiral del resorte de compresión de un encendedor: calentándolo sobre la llama de otro mechero, por ejemplo, se vuelve más maleable y se puede enderezar para conseguir la forma de la aguja, luego sólo habrá que afilarla con un papel de lija. El interruptor son sencillamente un par de cables que conectan los polos de la pila. Debe de haber razones muy fuertes para hacerlo.

La moda es ancestral: había ornamento en especies anteriores al homo sapiens —sin duda, diferentes tipos de conchas decoradas, colgantes— y a lo largo de la historia hemos encontrado pueblos cuya denominación, sospechamos, se debía a su tradición tatuada —por algo los romanos llamaron así a los picti—. Quizás haría falta una historia del arte del tatuaje, no como fenómeno, sino como medio. En cierta ocasión, charlaba con una tatuadora —mientras dibujaba pacientemente sobre mi brazo— que me hizo ver lo relativo de la imperdurabilidad de los tatuajes. En el antebrazo, junto a unos arabescos, llevaba ella tatuada la frase “Nada es permanente”. En realidad, los tatuajes no son para siempre, sino que duran, como mucho, para toda la vida más unos seis meses. A su modo, en todos los tatuajes pone memento mori —y, por tanto, memento vivere—. No es sólo que, salvo contadas excepciones como la de Ötzi, nuestra piel termine por desaparecer más pronto que tarde, sino que además los tatuajes tienden a envejecer junto con su lienzo. Podríamos categorizarlos como arte relativamente efímero, lo que dificulta su estudio histórico.

Se da también el caso de que además del resultado hay placer también en el proceso: elegir el diseño, tumbarse en la sesión y oler la tinta o escuchar la máquina que impulsa la aguja mientras se soslaya la pieza que el tatuador va poco a poco inyectando en la piel. Sí, placer y una especie de adicción producida por las endorfinas y la dopamina generadas durante la sesión. Adolf Loos se equivocaba: el ornamento no existe, o si existe es suficiente. En el presidio hay redención. ¿Y si todo tatuaje fuera, más que ornamental, curativo? ¿Y si todo tatuaje fuera carcelario?

G.G.Q.
Madrid, 14 de junio de 2026