Apuntes de Londres

En julio de 2026 pasé unos días de vacaciones en Londres. Como hice con aquel otro viaje a Nueva York hace ya algún tiempo, estos son algunos fragmentos del cuaderno de viaje que escribí durante aquellos días.

Descanso al fresco de un castaño umbroso en Coram’s Field. Los niños juegan en la tirolina. El alma encuentra alivio allá donde la tierra resiste húmeda frente al calor. Mi “sol de la infancia” son las sombras acogedoras de las mañanas de verano.

Una fachada de azulejos color terracota con letras doradas: la estación de metro de Russell Square. Me paro a mirar los azulejos y las tipografías del metro como si paseara por el British Museum —ayer, en el British Museum, vi a gente hacer fotos apresuradas de objetos sin apenas detenerse, con la misma urgencia con la que se pasan los tornos del metro—. Entre King’s Cross y esta esta estación explotó una de las bombas durante los atentados del 7 de julio de 2005. Aquellos atentados que tanto marcaron a los de mi generación son, para mis hijos, algo tan pretérito como la II Guerra Mundial o los enterramientos de Sutton Hoo.
Azulejos en la estación de Russel Sq. Julio de 2026.
Los vecinos y algunas empresas del distrito, mediante donativos, mantienen vivo el parque de Coram’s Fields como un espacio para el distrito con actividades para niños y jóvenes. Yo abandono un café americano, demasiado grande, mientras intento dibujar en el cuaderno y converso con Alicia. Actividades familiares, torneillos de fútbol, clases extraescolares. Qué importancia tiene esa forma de fraternidad que son las asociaciones de vecinos.

Cerca de donde está ahora este parque estuvo la casa de J.M. Barrie. Fue como medio siglo antes de que se construyera el parque, cuando en este lugar había un hospital. Allí debió trabajar en sus primeras novelas. En la acera de enfrente, cruzando Greenville St., estuvo la casa de la sufragista y abolicionista estadounidense Sarah Parker Remond. «El prejuicio contra el color siempre ha sido la única cosa, sobre todas las demás, que ha lanzado su sombra gigantesca sobre toda mi vida», escribió. Después de su estancia en Gran Bretaña, se fue a Italia, donde estudió medicina, y nunca volvió a Estados Unidos. Barrie murió al año siguiente de la inauguración de Coram’s Field.

Aterricé en Heathrow. En el aeropuerto, había publicidad de una de las consultoras con las que colaboro. La ciudad me lo recuerda: no soy del todo libre.

Llevamos un cuaderno. Cuando paramos en una cafetería para descansar, Emma y Óliver también escriben o dibujan lo que han visto. En los cuadernos y en los lápices veo esperanza.

Nostalgias de otro siglo: paso al metro pagando con el teléfono móvil y ya no guardo como recuerdo aquellos tickets de antes. Tampoco he tocado ni una sola libra, no traigo de vuelta un monedero abultado de peniques sin gastar ni tengo las entradas de los museos que he visitado. Ahora que la historia se vuelve inmaterial —pienso— escribir se ha vuelto más necesario que nunca. Todo lo que no escriba, dejará de existir.

Olores comunes en Londres: la moqueta húmeda en las escaleras de emergencias, la mezcla de especias de los puestos de comida oriental. Confieso con vergüenza que "oriental", de manera general, para mi puede significar casi cualquier cosa: indio, vietnamita, japonés…

Una ardilla oficiosa recoge castañas en Russell Square. Una procesión de niños avanza en hilera —quizás camino del British Museum—. El sol de la mañana ya quema, pero bajo los rodales de sombra parece que se detienen el calor y el tiempo.

En Green Park nos cruzamos con un señor mayor con traje naranja y camisa de cuadros. Me encanta la valentía estética de la tercera edad británica, le digo a Alicia. Ella piensa un poco y me responde: Algo que me llamó la atención la primera vez que vine es que aquí puedes ser tú mismo, vestir como te dé la gana, sin que nadie te eche cuentas por eso.

Museo de Historia Natural. Otra enorme taxidermia. He aprendido que el Dodo necesitó tan solo 90 años de exposición a la mano humana para extinguirse. Fue víctima del impacto en su hábitat y también de numerosos intentos por cocinarlo. Apocalipsis gourmet. Por un momento pienso que lo más valioso del museo es su colección de minerales y de piedras preciosas. Las piedras, al menos, no sufrieron la crueldad del hombre. De repente caigo en mi error: ¿cuántos seres humanos habrán sido explotados para extraer esas piedras? Somos una plaga autoconsciente pero incapaz de enmendarse.

A Tale of Two Cities en una edición preciosa, ilustrada, la portada es de color verde y el título está escrito en una tipografía fina, en mayúsculas, sobre un grabado. Está en Jarndyce, una librería de anticuario en Great Russell St. Han dejado en el escaparate de la librería el expositor sólo para el libro. Bravo por los libreros que no tienen horror vacui. Lo miro desde el otro lado de la ventana de madera, también verde, como quien espía la penumbra íntima de una casa. Alzo la cabeza y miro a la puerta. Hace media hora que la librería cerró.

Fútbol: como llevamos la camiseta de la Selección, hay gente que nos saluda por la calle a la voz de ‘¡arriba España!’. Algunos lo dicen furibundos, otros con alegría. Siempre me ha parecido que sólo el fútbol podría convertir la idea de “España” en una idea alegre.
En un extraño paralelismo, hace veinte años, durante el mundial de Alemania, estuve pasando unos días en Londres. No recuerdo qué hice, qué vi entonces. ¿Llevaba un cuaderno? ¿Escribí en aquel viaje? La paradoja de Teseo se rompe: hace tanto tiempo que es como si le hubiera pasado a otro.

Vestíbulo del British Museum, Julio de 2026.British Museum: en cualquier parte del mundo, en cualquier época, el ser humano ha buscado la belleza y la ha encontrado, tan solo hace falta tiempo para que se sedimente. La escritura y el arte son transversales a todos los tiempos.
Ante una copia romana del Discóbolo de Mirón, he pensado en que el arte es mímesis de la naturaleza, pero no encuentro naturaleza en las tipografías de los carteles que indican los nombres de las calles, o en las que en el metro indican ‘to the trains’ o ‘way out’. Escribo esto ya de vuelta en el hotel sosteniendo en la mano un amonites partido por la mitad que he comprado en una tienda cercana al museo —a medias con Emma, la mitad para cada uno—: en el corte limpio, longitudinal, deja a la vista una espiral formada por concavidades opistocélicas. Hicieron falta millones de años para construir esto.

Y si no, acuérdate de John Keats: «La belleza es verdad y la verdad belleza».

Paseo con Óliver de Leicester Square a Holborn, antes de coger el metro de vuelta al hotel. Vamos de la mano y conversamos. Hemos comprado un par de recuerdos que, de repente, parecen ser muy importantes para él.
Ahora que vive una edad de inquietudes adolescentes, me asalta un pensamiento intrusivo: quizás guarde estos objetos que hemos comprado para siempre, quizás este viaje, este verano, sea uno de los últimos recuerdos de su niñez. Look left. Aprieto su mano antes de cruzar la calle sin saber muy bien por dónde viene el tráfico.

Me cansan los aeropuertos, me cansan los viajes. Dentro de poco tengo que coger la Picadilly Line hacia Heathrow y pienso que me gustaría quedarme un rato más aquí, a la sombra de un castaño en Coram’s Field, como un niño que no quiere madrugar, cinco minutos más. Un día más en Londres y podría volver a Jarndyce a por esa edición de A Tale of Two Cities. Llegar desde aquí es un paseo breve, sano. También puedo encargarla por internet, pero no quiero: sería saltarse las reglas del juego.
G.G.Q.
Londres, 16 de julio de 2026






