Apuntes de Nueva York
Manhattan, enero de 2025En enero de 2025 viajé a Nueva York. Fue durante los días en los que Donald Trump fue investido presidente y poco antes de que un frente polar trajera una copiosa nevada a la ciudad. Como siempre, llevaba un cuaderno a todas partes y a ratos, entre reuniones de trabajo y paseos por la ciudad, fui tomando algunas notas. Estos son algunos fragmentos del cuaderno de viaje que escribí durante aquellos días.

La gente que me cruzo por Manhattan camina con una dirección precisa pero sin la urgencia insana que he visto en otros centros financieros como la City londinense o el centro de Madrid —si acaso son cosas comparables—, cruzan las avenidas con los semáforos en rojo, sin correr y sin mirar más que de soslayo, como si cruzaran una calle cualquiera de un pueblo pequeño, de modo que pienso que esta ciudad, a su manera, ha encontrado en algunos barrios un equilibrio entre el tráfico rodado y los peatones del que Madrid, el lugar donde vivo ahora, ha sido incapaz. Pienso en la distancia agotadora desde la esquina de Castellana con Génova hasta la boca de tren de Recoletos, o desde el Jardín Botánico hasta Atocha, y sin embargo las más de cuatro millas que hay desde el puente de Brooklyn hasta Times Square se me hacen asequibles, me apetecen. Hace frío pero el caminar y la hipertrofia textil ayudan a mantener la temperatura, salvo por el hielo y la llovizna que humedecen los pies, calzados con falta de costumbre de caminar bajo el agua. Recuerdo un verso de Lorca: «El agua harapienta de los pies secos».
Qué sueño fue aquel —pienso ya en pasado lo que veo—. El atardecer enciende las columnas que sujetan el cielo de Nueva York. «Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche», recuerdo. Lo comprendí al ver el skyline neoyorkino desde Queens, cuando iba en taxi desde JFK hasta mi hotel, cerca de Times Square.
Un europeo medieval sentiría algo similar al ver a un rinoceronte por primera vez, algo de lo que se ha tenido noticia nada más que por relatos —por el cine, por la literatura, por la música—, que se ha imaginado tantas veces que no se puede creer que sea cierto.
Cuartel de los Cazafantasmas, en Manhattan (Enero 2025)¿Qué fue antes, el cine o Nueva York?
☙ en Times Square, los turistas se hacen fotos mientras suena sin descanso Empire State of Mind de Alicia Keys,
☘ en Tribeca, existe el cuartel de bomberos de la película de Cazafantasmas,
♪ hay quien va al Greenwich Village a fotografiarse junto al edificio de viviendas que se utilizó para la serie Friends,
❆ he visto a gente caminar sobre las aguas congeladas de un estanque en Central Park,
✈ la otra noche nos cruzamos con un policía que salía de un portal de Chinatown hacia su compañero, que esperaba en el coche patrulla: le llevaba una caja de donuts,

Ahora estoy enajenado con unos versos de Robert Frost que yo no recordaba y que el Acacio, en una de nuestras conversaciones, largas y agradables, me ha recordado:
decir esto con un suspiro
Donde sea y hasta la eternidad por tanto:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso marcó la diferencia.
Uno no siempre sabe cuál es el camino menos transitado, pero seguro que no está en Manhattan.

Poco antes desde aterrizar, veo desde la ventanilla del avión la costa y Long Island. Ahí debe de estar Montauk. Esto me recuerda que Eternal Sunshine of the Spotless Mind sucede en Nueva York, pero no exactamente en la misma ciudad que yo me he figurado a través del cine, sino otra que existe sólo en el universo de la película.

Alguien sale detenido de la Torre Trump. Es el Innauguration Day y parece que la fiesta se ha ido de las manos. En la puerta, un hombre enmascarado imita a Trump, saluda a la gente, se hace fotos con los curiosos haciendo aspavientos ridículos. No parece un espontáneo, sino una atracción turística más a sueldo del magnate, otra pieza más de este circo.
Todo parece ser tan histriónicamente extravagante como uno podría imaginar desde España. A la vez, todo es mucho más preocupante de lo que parecía en las noticias. Uno podría pensar que las maldades del mandato que Trump inicia ahora son una exageración de la prensa española, un relato apocalíptico para vender más minutos de televisión. Sin embargo, I. me cuenta que empieza a estar preocupado por la renovación de su visa de trabajo: tomábamos un café en un espacio de coworking cerca de Broadway, a las traseras de Greeley Square Park, y hablaba de sus planes de futuro después de dos años trabajando en NYC. "Renovar la visa no debería de ser un problema, supongo, bueno, a menos que la cosa cambie". W. insinua que la ciudad de Nueva York parece más insegura desde el primer mandato de Donald Trump —el metro, ciertamente, es toda una experiencia—.
Es verdad que siempre tenemos la sensación de estar asomándonos al abismo del fin del mundo, pero en este caso, además, flaquean las piernas como si la humanidad estuviera a punto de caer.

El frío también desvirtúa las distancias. Times Square tiene exactamente la misma latitud que Soto del Real. Está ligeramente más al sur que Oporto.
Cuando sobrevolaba Nueva Escocia antes de aterrizar en JFK, con las dimensiones del mundo reducidas a un mapa diminuto impreso en los dos palmos que mide la pantalla del avión, tenía la sensación de estar realizando un viaje ártico.
¿Tan cerca están los bosques nevados de Canadá?
He comprobado que caminar desde Manhattan hasta Toronto es un paseo de trescientas setenta y tres millas. Casi igual que ir desde Chamberí hasta Cádiz.

Hay un baile de sombras y de ausencias en el hotel. La iluminación es un crepúsculo eterno. Cuando despierto no sé si es de día o de noche. El desfase horario no sólo me aturde, sino que además me aisla de lo que hasta hace unos días era mi vida cotidiana. También he notado a ratos un cansancio casi enfermizo, la necesidad de vomitar y dormir un rato.
Antes de olvidarla, anoto en el cuaderno la pesadilla que acabo de tener. Creo que el frío y la nieve han estimulado los niveles más profundos y venenosos de mi subconsciente. Miro el correo electrónico. Entre nauseas y agotamiento, respondo algún mensaje. Me doy media vuelta, pero ya no me duermo.

Smash burger, en su papel translúcido (Enero 2025).Los donuts son material altamente adictivo, uno de esos ejemplos de no-exactamente-gastronomía que hemos importado a España como sucedáneos, porque allí se fabrican con una masa mucho más densa, mucho más dulce y mucho más voluminosa —como los rascacielos, como los coches, como casi todo en Estados Unidos, los donuts son mucho más grandes—. Del mismo modo, la comida china en Chinatown es diferente, más propensa al picante y a los espesantes que en España, y exactamente igual de indigesta. Las hamburguesas se sirven empapadas en un líquido grasiento, denso, que vuelve el papel translúcido, casi transparente, y en un tamaño algo más pequeño —excepción que confirma la regla del gigantismo yanki— que las hace más asequibles a la mano, de modo que puedes comerlas caminando —porque todo en la ciudad está pensado para el movimiento, para que nadie se rinda al descanso o a la contemplación, apenas hay espacios públicos donde sentarse o donde comer algo, al aire libre, lo que obliga a caminar, a ir necesariamente a algún sitio—. Pollo teriyaki, pasta, burguer, perritos calientes, tikka masala… en casi cualquier esquina se ven pequeños carromatos feriantes que venden comida rápida de todo tipo, pueblan las calles de olores a carne y a salsa y a productos de limpieza quemándose en la plancha y envolviendo en volutas de humo a los vendedores.
Una furgoneta de helados en Manhattan, un par de días antes de la llegada de un frente polar (Enero 2025).En plena nevada, aún hay por las esquinas furgonetas que emiten a intervalos una música como de juguete infantil: vendedores de helados que siguen trabajando a temperaturas bajo cero.

El Highline neoyorkino, minutos antes de empezar a nevar (Enero 2025).Quizás el mayor éxito urbanístico o arquitecnónico de Nueva York no sucede en vertical, sino casi a ras de suelo: el Highline es un antiguo ferrocarril elevado que ha sido transformado en un paseo peatonal que atraviesa el barrio de Chelsea, desde el Meatpacking District hasta Hudson Yards. Lo que en su día fue una vía de transporte de mercancías ahora se ha convertido en un lugar donde pasear. Como está a punto de comenzar a nevar, se ha convertido en el "camino menos transitado". Lo he recorrido un par de veces estos días de sur a norte. Por las ventanas que dan al paseo, se ven televisores encendidos, o pantallas de proyectores, que tienen el tamaño de una pared. Me pregunto cómo es vivir allí. A esta hora de la tarde, ya casi de noche, hay un programa que parece triunfar en el vecindario: la Patrulla Canina.

Imagino que los que me cruzo por aquí vienen de Queens o de New Jersey, quizás de Brooklyn, o de cualquier otra parte del mundo que no sea Manhattan. Efectivamente: los que pueden pagarse un apartamento en el midtown no parece que sean de ese tipo de gente que uno se cruza por la calle, salvo quizás en la zona de la quinta avenida cerca del sur de Central Park —donde están la famosa tienda de Apple, Tiffany’s y la Torre Trump— donde sí se dejan ver.

La fuente helada de Bryant Park, junto a la pista de patinaje (Enero 2025).Las pistas de hielo disfrutan de una persistencia casi extemporánea, porque para mi percepción turística son un accesorio más de la Navidad, y ahora, ya bien entrado enero, sigue habiendo un goteo constante de patinadores —¿serán todos turistas fuera de temporada, figurantes?—. Aparte de la famosa pista que hay junto al Rockefeller Center, en Bryant Park hay una rodeada de puestos de comida rápida desde la que se ve el Empire State hundirse en una nebulosa que anuncia nieve.
Hay algo que me hace resistirme al sistema de coordenadas neoyorkino, a utilizar la cuadricula de calles y avenidas. Tengo que ir a un edificio en la sexta avenida con la calle 42, pero con vocación rurbanita me digo "donde anoche, a las traseras de la Public Library".

Extraña onomástica:
☂ la famosa vista cinematográfica del Manhattan bridge está en un barrio que se llama Dumbo (Down Under the Manhattan Bridge Overpass),
♞ el SoHo de NYC por lo visto no tiene nada que ver con el soho londinense, sino que es de nuevo un acrónimo: South of Houston,
♥ el evocador nombre de Tribeca, por supuesto, también es una palabra formada por Triangle Below Canal Street, igual que Nolita (North of Little Italy),
Pareciera como si los nombres neoyorkinos hubieran surgido no con la decantación milenaria de los nombres europeos, sino con la urgencia y el acierto con que se trabaja en una oficina de ingenieros.

El puente de Brooklyn, con Manhattan al fondo (Enero 2025).Brooklyn Bridge Park: la bahía deshaciéndose hacia el atardecer y Manhattan convertido en un mero decorado, un bosque de fondo en un cuadro a cielo abierto. Pese a la cantidad de gente que hay, apetece atravesar el puente de Brooklyn a pie porque se siente la solitud de los paseos marítimos las tardes de invierno.
Después del paseo de esta tarde me he quedado con la espina de los viajes incompletos. ¿Quizás estaba en el lugar equivocado? Seguramente: era el más transitado. Me hubiera gustado tener tiempo para pasear por Brooklyn. He leído que hay una media maratón en la ciudad de Nueva York que va desde Propect Park hasta Central park cruzando por el puente. He pensado dos cosas: que me gustaría correrla y que debería hacerse al revés, huyendo de Manhattan, corriendo hacia Brooklyn.
He pensado también que me enamoro de cualquier lugar por donde deambulo solo por el hecho de deambular, por una necesidad apremieante de lugares sin paredes y sin techo, donde corra el aire. Brooklyn debió de ser algo así como el Zaidín, o como Vallekas, pero con un río enorme. Pero los precios lo vuelven inhabitable.
Los helicópteros sobrevuelan la bahía. La invasión turista aquí tiene tres dimensiones, tierra, mar y aire. Pese a lo que pueda parecer yo no me siento parte de esa horda invasora, yo sólo he venido a pasear. Ni siquiera quiero subir al Edge o entrar al Madame Tussauds. O quizás, en el fondo, lo que me apetece es volver a casa después de tantos días fuera.

Ayer apunté en mi cuaderno: “¿dónde se meten las ardillas, ahora que nieva?”. Me acordé de mi padre y su afición por observar desde la ventana a los pájaros buscar cobijo cuando llovía. Más tarde, vi una ardilla merodeando el jardín helado de Madison Square Park, una especie de Leonardo DiCaprio en The Revenant —quizás algo más divertida la esciúrida—.
Hoy leo un menesteroso artículo que E.B. White escribió acerca de la presencia de las palomas ¿dónde anidan? ¿de qué se alimentan? ¿dónde encuentran el agua mínima para subsistir? ¿por qué extraña razón querría un ave del orden de la paloma vivir en Nueva York?
Hay gente que vaga por la ciudad, abandonada de sí, de la que podría uno preguntarse lo mismo. Sospecho que en cualquier otra circunstancia yo podría ser uno de ellos.
G.G.Q.
Madrid, 31 de enero de 2023




