Nihil prius fide
Algunos tomos con libros de apariencia jurídica y aspecto muy feo. Foto de PxHereLo viejo tiene formas diferentes. Envidio a la gente que habla latín. O a la gente que escribe a mano con esa caligrafía mimada y angulosa de los que aprendieron en las escuelas de principios del siglo XX. Envidio la caligrafía que tenía mi abuela. No sé si porque en esa escritura veo una pasión refinada por lo culto, un reconocimiento que se ha perdido, sin ir más lejos, en mi letra despreocupada y torpe. Eso sí, en lugar de utilizar la calculadora, anoto las cuentas sencillas en hojas de papel sucio que suelo tener encima de la mesa, a la manera de los recortes de papel de estraza que usaban los tenderos antes de la digitalización de casi todo. Quizás lo sencillo funcione con algún grado menos de eficiencia, pero con comodidad suficiente: tan milenario y bello, a la vez que extraño, es el olor de una cesta de tomates recién recolectados como la vid de la corona báquica, dibujar a mano alzada o cocinar con fuego lento.
Reconozco que de un tiempo a esta parte me afecta un ludismo vocacional, hasta el punto de temer que se vuelva radical. Debe de ser por empacho que sostengo a ratos la fantasía imposible de una vida apagada, desconectada de lo innecesario que se oculta tras lo novedoso. No me malinterpretéis: no voy a rechazar una transfusión de sangre si me hace falta, ni siquiera creo que me vuelva crudívoro, es sólo que el ruido de lo candente con frecuencia cansa. Celebro la tecnología del agua caliente, la farmacopea que alivia los dolores o los síntomas alérgicos, y a veces miro a las estrellas esperando ver pasar una nave espacial.
Pienso en esto mientras leo las palabras “Nihil prius fide”, escritas con una tipografía Arial en tres dimensiones que gira en el salvapantallas de un viejo un viejo portátil abierto, encendido a la espera de no se sabe bien qué, el cableado de alimentación y de red cayendo oculto tras la pequeña mesa sobre la que se calienta —y yo me pregunto si desbloqueará con solo deslizar el dedo por el panel táctil—. Lo moderno se vuelve viejo con facilidad y rapidez, lo vistoso a veces se descubre feo al poco tiempo. En la sala donde espero hay una pared llena de tomos gruesos que no parece que nadie abra jamás. Esta espera, como cualquier otra, me pone nervioso: es una de esas cosas antiguas que me cuesta trabajo soportar, como el agua fría o el dolor de muelas.
Y mientras espero repaso un documento, recién impreso, pero que tiene algo de viejo, porque se trata de una plantilla sacada en folios con este tipo de justificación del texto que destroza el espaciado entre letras, que lo salpica como al azar. Escucho una voz en el pasillo: «soy enemigo de la tecnología porque me quita puestos de trabajo». Me pregunto a qué tecnología se refiere, si es esa que escribe libros repetidos o convierte tu foto en un pokemon, o la tecnología con la que se alinean las palabras en una pantalla de ordenador o una página. Ojalá venga una tecnología, utópica y duradera, que nos quite el trabajo a todos, que limpie los retretes y cumplimente formularios legales, que conduzca sin palabrotas ni aspavientos ni emisoras de radio de ultraderecha, que nos deje dormir hasta más allá del amanecer. “Nihil prius fide”, pero cuando me han entregado el documento no parecía que nadie lo hubiera leído o que entendiera para qué servía, un procedimiento muy viejo cuyo significado parece haberse perdido tras siglos de legislatura enrevesada y que, tal vez, termine siendo sustituido. El secreto, me digo, debe de estar en alguno de esos volúmenes que empachan la vista en la pared del fondo de la sala. Cuántas palabras, pienso, antiguas como hojas de tabaco, dispuestas una junto a la otra, como puestas a secar.
G.G.Q.
Madrid, 22 de mayo de 2025




