Una tarde en la piscina
"Summer Found" por mpardo.photo publicada bajo licencia CC BY 2.0.Saltar al agua era enfrentarse a la muerte, no de una manera estructurada, narrativa, como uno aprendía en los dibujos animados o en las películas de aventuras, sino desde un lugar mucho más hondo e instintivo. El miedo atávico a perecer comenzaba en las yemas de los dedos, en la aspereza antideslizante del brocal, que lamía los pies húmedos hasta enrojecerlos, mientras el monitor ordenaba formar una fila, sujeta la pértiga de rescate como una guadaña.
Tengo que saltar al agua —recuerdo—, esta vez sin la tabla a la que me asía como un náufrago: he perdido la referencia de su olor, la mezcla del cloro y el polietileno que me calman, y agito las manos y los pies estirando mucho el cuello para no tragar agua, busco el bordillo para sostenerme unos segundos, cuando el monitor no mire, y descansar del nado, sí, pero sobre todo de la angustia. Salto porque me obligan, porque llorar para no estar allí no vale de nada, porque la única manera de salir de allí es dar una brazada tras otra, dar patadas al agua, y avanzar hasta que todo pase.
Caes al agua y a quien ves ahora es a tu padre, cerca, ofreciendo sus manos sin estirarlas demasiado, y crees que merece la pena dar un par de brazadas para llegar hasta él, pero al moverte tú él da un breve impulso hacia atrás y se vuelve inalcanzable de nuevo, y el agua de la piscina ahora parece un animal salvaje a punto de devorar a una cría humana —juega un poco antes de acabar con su vida, como un perro con un insecto insignificante—, el azul del agua se vuelve negro y eterno y tú sabes que estás perdido y agotado.
Luego te darán un diploma y un trozo de plástico con la forma de un hipocampo y puede que incluso una enhorabuena cariñosa y tú te olvidarás del miedo y del desasosiego, de lo solo que te sentías a treinta centímetros de las corcheras pero si poder tocarlas, y la próxima vez que vuelvas a meterte en el agua nadarás alegremente, bracearás estirando mucho las piernas, lanzando las manos lo más lejos posible, como si quisieras agarrar ese horizonte que siempre avanza tan rápido como tú, inalcanzable pero sin esconderse. Tu caballito de mar de color rojo acredita solvencia para quedarte solo en la piscina, ya ni siquieras utilizas esa vejiga natatoria artificial a la que llamabas “la tortuga” por la forma que tenía. Tu movimiento genera un oleaje leve y acompasado que aplaude en los límites del brocal y el viento jalea al peinar las ramas de la alameda circundante.
Flotas.
Respiras.
Te dejas hundir.
Eres
una
nota
más
en
el
silencio
abisal
de
la
tarde
.
.
.
G.G.Q.
Madrid, 20 de junio de 2025




