Oficios Magnos

Alejandro Magno y Aristóteles en un grabado de Charles Laplante. Alejandro Magno y Aristóteles en un grabado de Charles Laplante.

A mí lo que me jodía de aquel trabajo no era el cansancio al final del día, sino que el cansancio era estéril. Todos los días abríamos, ensuciábamos todo, venía gente alegre y gente que se emborrachaba, les poníamos de beber y de comer, y luego limpiábamos y cerrábamos. Había dos grifos de cerveza, que eran como una pareja de buitres. Había barriles sisífeos que arrastrábamos del almacén al hueco bajo los grifos y luego volvíamos a sacar de allí, una vez vacíos, para volver a arrastrarlos hacia el almacén y vuelta a empezar.

No sé qué es más prometeico, si la rebelión (y su fracaso) o el castigo. Si recordamos a Prometeo es gracias a los buitres. Hay gente que repite exactamente las mismas tareas inútiles día tras día durante décadas. Alejandro Magno cambió el mundo en sólo trece años de reinado.

Por lo visto, Alejandro Magno se molestó cuando Aristóteles publicó parte de su obra. Decía que si todo ese saber llegaba a cualquiera, no habría nada que le distinguiera a él, rey del mundo, hijo de Zeus, del resto de los humanos. Al poderoso no le gusta que se entregue el fuego al pueblo. Me pregunto si esto no vale para derrumbar por completo toda la romantización entorno a la intelectualidad de Alejandro. ¿Se convierte en otra cosa el conocimiento cuando se utiliza solo para el poder? No debió sentirse muy orgulloso Aristóteles de su discípulo.

Lo bueno de aquel trabajo, ahora que lo pienso, es que nos echábamos unas risas. Talía y Melpómene siempre juntas, nunca sé cuál es cuál. ¿La que canta es la que llora o al revés? ¿Ríe la máscara para soportar el peso del drama? Creo que nos contábamos chistes para aliviar el luto por nuestro futuro incierto. Y funcionaba. Pero la historia se repite de cuándo en cuándo con formas distintas: hostelería desaforada, comida rápida, consultoras infames, agencias de marketing caótico. No hay oficio excelso, hay que superarlo: sólo da placer lo inútil.

Según cierta teoría, que no sé qué crédito merece, Alejandro Magno padeció el síndrome de Guillem-Barré, probablemente relacionado con una enfermedad gastrointestinal aguda. Es posible que no falleciera, sino que, aprovechando la parálisis, sus allegados se apresuraran a darlo por muerto y repartirse sus pertenencias —entre otras cosas, el mundo desde Macedonia hasta más allá del Indo—. Estaba en Babilonia, muy lejos de su casa.

No sé si Alejandro, habiendo muerto tan joven, tuvo tiempo de pensar en qué lugares del mundo podría haber sido feliz, tiempo de tener añoranzas del pasado o del futuro: de los sueños que acarició cuando fue un niño dormido, de una mujer de extraño peinado a la que conoció en una calle de otra ciudad años atrás, o de los cantares de una lavandera en la lejanía de la infancia, viejos aromas imposibles de recuperar de la ciudad perdida de Pela. ¿Qué sabrán los reyes del anhelo de libertad y niñez de los partisanos y de los obreros? O quizás sea solo cosa de reyes, dado que, si no recuerdo mal, fue Virgilio quien puso en duda este tipo de cuestionamientos existenciales en lo que al obrero se refiere: Qué felices serían los campesinos si supieran que son felices.

Mi compañero de aquel bar en el que trabajaba día tras día hará ya casi veinte años fue el primero en hablarme del célebre episodio entre Alejandro y Diógenes. Estaban en Corinto, donde Diógenes era conocido por su vida austera. Vivía dentro de una Tinaja, ajeno a costumbres, y Alejandro se acercó a él, diciéndole:

— Soy Alejandro, el gran rey.

— Y yo soy Diógenes, el perro —respondió el cínico.

Después, Alejandro le ofreció todas las riquezas que quisiera:

— Pídeme lo que quieras.

A lo que Diógenes respondió:

— Apártate, que me quitas el sol.

Dicen que, después de esto, Alejandro aseguró: «Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes».

G.G.Q.
Madrid, 14 de julio de 2025