Patrias extraviadas
Complejo escultórico lítico infantil en la costa de Andalucía. Julio de 2025.Aún no ha pasado el camión del butano, pero el sol ya calienta fuerte y la señora de la casa de al lado ha salido a echar el toldo: alza la pértiga y a la vez entona una canción, una canción que quizás nunca había escuchado, que tararea de memoria, de haberla escuchado a su madre o a su abuela, quizás sin seguir una melodía fija, solo los modos que guían el estado de ánimo de estas tareas de la mañana, es una canción que no existe, solo lenguaje. Dos casas más allá, un vecino barre despacio la porción de acera que hay inmediatamente delante de su casa, aún en sombra. El cepillo rasura la acera con caricias cortas que suenan lejanas, como si no concordaran la distancia visual y la auditiva. Un signo de los lugares civilizados es que alrededor se escuchan más las voces sin alzar de la gente que el bramido del tráfico.
Cuando me tumbo cerca de la piscina, escucho voces que hablan en idiomas que yo no conozco, se mezclan el acento cerrado granadino y el euskera con la voz de alguien que suena a habla eslava. Presto atención a lo que dicen por si entendiera palabras sueltas, pero todo es indescifrable. Intento leer pero me distrae una diminuta hormiga roja que camina justo por la página. Siento en las piernas el cosquilleo de sus congéneres, la marabunta que habita el césped y trepa por los bañistas con ambiciones carnívoras.
Desde que vivo en la meseta echo en falta el sol de Andalucía. Es una añoranza machadiana que se puede medir expresamente en un déficit de vitamina D. Tenemos métricas para todo. El sol de Andalucía y las mujeres que cantan en los balcones y el gusto de la brisa húmeda, que reconforta las primeras horas del día, me recuerdan a un lugar en el que el tiempo era infinito.

La playa: una riqueza posible, o una patria perdida, consiste en tener tiempo para observar ese oleaje fijo de multitudes de piedras diminutas que moldean una miríada de pisadas de todos los tamaños y velocidades posibles, la toalla como una alfombra voladora en la que soñar. Brillos y sombras crecientes al rubor del atardecer. Los niños viven la playa con la intensidad con la que los vendedores cantan la mercancía, a voz en pecho, «¡tortâ de xocolati!», y la voz de varios niños repite como un eco agudo: «¡tortas de chocolate!». Las tortas de azúcar rellenas de chocolate se mezclan con el sabor de salitre. El mar, aunque solo sea desde la orilla, estimula todos los sentidos.
A la orilla del mar me suelo acordar de Alberti. También del río de aquel poema de Ángel González:
Si vas de prisa el río se apresura,
si vas despacio el agua se remansa.
Me he sumergido en el agua del Mediterráneo mecido por un oleaje tan sereno como el río de los tiempos.

Me doy cuenta ahora de que lo que yo creía que era distracción es lo verdaderamente esencial, que lo que me dijeron que era esencial es sólo una distracción. ¿Cómo describe Aristóteles la realidad? La precisión del punto exacto en el que la hormiga pisa la página que leo, un grano de azúcar brillando entre millones de granos de arena, partículas de sal microscópicas que se sedimentan en mis hombros, gotas diminutas de agua que salpican al atardecer, la humedad que se evapora al sol.
Es importante esencial mirar a la bruma marina durante la noche.
A veces el viento sopla de cierta manera y el mar rebosa, parece que se va a llenar del todo, que se va a colmar como los pulmones de los que sumergen la cabeza debajo del agua. La abundancia del aire ahora es un lujo reconocido: sé de una forma de ahogamiento crónico de los lugares secos que consiste en respirar y no poder llenar de aire los pulmones, inspirar de manera insuficiente y que el aire no de ni para bucear por el fondo de la piscina, ni para cantar en la atalaya del balcón, ni para correr un poco. Te olvidas de respirar, te ahogas, y ya no puedes decir “te quiero”.

En mi barrio había un zapatero muy viejo. Cuando de niño mi madre me mandaba a recoger unos zapatos, él buscaba entre decenas de bolsas de zapatos, las levantaba con un dedo muy retorcido, como un garfio, e iba mirando en el interior, buscando el nombre anotado en la suela. ¿A nombre de quién? ¿De caballero o de señora? A veces tenía que pasar dos veces por los zapatos para darse cuenta de que eran esos, pero el dedo-garfio no se apresuraba nunca. Alguna vez me dio la sensación de que iba a desistir en la búsqueda, dar por perdidos los zapatos. Me miraba encogiéndose de hombros, declarándose incapaz de encontrar mis zapatos, y de repente como si recordara algo volvía a remover las mismas cuatro o cinco bolsas de plástico y alzaba una.
Con dedos hábiles, he visto a un amigo pescador anudar el sedal al anzuelo, y a continuación, con paciencia y la ayuda de una aguja, anzuelar una lombriz de arena. Luego, lentamente, inclina la caña hacia atrás y, con la ayuda del peso del plomillo, lanza el cebo hacia el mar nocturno. El carrete suena como un proyector de cine.
Tengo la teoría de que la afición a la pesca es sólo una excusa para pasar horas mirando al mar. Ya decía una cumbia que “el pescador no tiene fortuna”. Mirar al mar debe de ser lo contrario de minar criptomonedas.

Llevas unas cuantas monedas y con eso pagas la torta de chocolate como pagabas unas tapas nuevas para los zapatos. Duermes lo suficiente, lo necesario, ni más ni menos. Antes era gratis. Te acuestas tarde, pero no demasiado, y concilias rapidamente el sueño. Respiras aire y salitre con serenidad. Cuando eras niño, las noches después de un día de playa, dormías aún mecido por las olas.
Cuando miras al mar sabes que tras la bruma hay luces de pesqueros que faenan. Suena el camión del butano y te das media vuelta. Hasta dentro de una hora o dos no se despertarán los niños. Se llamarán los unos a los otros desde el patio, un “hola” alegre y descansado que invita al juego. Por ejemplo: el juego de construir durante el día espirales líticas que el mar derrumbará por la noche a base lametones poseidónicos, mientras ellos pasean por las calles de la ciudad lamiendo a su vez un helado y preguntándose por la efimeralidad de su construcción caduca. La orilla del mar coincide a veces con la orilla del universo.
G.G.Q.
Andalucía, 30 de julio de 2025




