Un camino

La bruja se asoma a la ventana de la atracción del tren de la bruja.La bruja se asoma a la ventana de la atracción del tren de la bruja.

Recuerdo que esa calle —me dice— se llenaba de papeletas de la tómbola.

Los feriantes ultiman preparativos. El dragón ya está encendido, la música suena, pero la caseta de los tiques está cerrada y a su lado los castillos esperan su turno aún deshinchados. Los pocos muchachos que hay en la plaza compiten en esa máquina que consiste en golpear un saco de boxeo. Uno pega con todas sus fuerzas y los demás en corro braman, no sabemos si celebrando el golpe o burlándose de él. Al doblar la esquina, el remolque a medio abrir de la tómbola es la única iluminación del callejón.

Luces de las casetas en la feria.

Niños y adultos deshojaban fantasías frente al mostrador y el suelo estaba alfombrado por los boletos rasgados de los sueños sin cumplir.

Cuando tenía tres o cuatro años, me quemé los dedos. No recuerdo casi nada más de aquel día. Mi padre me había llevado a la feria una mañana de Corpus, antes de que se llenara de gente. Yo me sentí hipnotizado por una de las luces en forma de llama del coche del Scalextric, estiré el brazo y la toqué, como si cogiera una cereza, y me quemé la yema de los dedos. Entonces, el Scalextric arrancó.

dnd qdams?_

Nunca tocan los boletos de la tómbola. O siempre le tocan a otros. Cuando atrone el reggaeton y maree tanto como las vueltas del zigzag y en la olla se arremolinen los muchachos, verás una nube de humo de atracción llevándose a la gente. Las noches de feria tienen la textura de una visión, son como un camino visto en sueños.

Quedábamos cuando ya caía el sol. Cenábamos y nos duchábamos y nos perfumábamos y siempre quedaba algo de ese olor de la piscina. “Una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos”, escribió alguien.

El tren de la bruja.

Entre la niebla hay un camino que sale del pueblo. Está hecho de música amortiguada y luces ocultas. Ese camino es a veces un libro, otras veces un sueño. Hay que salir a ratos: son ya demasiadas décadas de pop y rock por repasar. Tengo un recuerdo del dolor en las yemas de los dedos. Volvía a mí cuando tocaba la guitarra vieja y las cuerdas dejaban un surco ennegrecido en la carne. Las yemas de los dedos deshacen la niebla, la desordenan, como el Tren cuando atraviesa la nube en su ir y venir, y antes de colarse en el túnel sufre el ataque de la bruja, aparece desde una ventana, o en un escondrijo en el interior y golpea a alguien con su escoba. A veces te toca a ti, a veces le toca a otro. Casi nunca mata.

Caminamos uno junto a otro porque quieres que bailemos y de repente vamos de la mano. El auricular tímido, primero, luego el anular, luego todos. La niebla de mañana se encargará de deshacer los nudos. Te hablo y te vuelves hacia mí para responderme, te respondo y siempre te vuelves hacia mí para hablarme, hasta que dejamos de hablar porque ya no hace falta. Mañana, mañana la luz del sol disipará la niebla. La niebla y el camino. Mañana, siempre. No hay mayor enemigo que el amanecer.

G.G.Q.
Madrid, 1 de agosto de 2026