Cien años de El gran Gatsby
El hundimiento y El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald.Empieza así: «Cuando yo era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces. “Antes de criticar a nadie”, me dijo, “recuerda que no todo el mundo ha tenido las ventajas que has tenido tú”».
No tengo sueño y he leído en algún sitio que es el centenario de la publicación de El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald —fue un viernes 10 de abril de 1925—, así que he ido a buscarlo, a volver a curiosearlo. Tenemos dos ejemplares en casa, ambos con solera, esos libros de la época universitaria que te acompañan toda la vida, que son parte de la familia: el de Alicia, de la colección de Wordsworth Classics, y el mío, de Anagrama, traducido por Justo Navarro, que compré hace veintipico años porque Paul Bitternut me dijo que tenía que leerlo. «He escrito la mejor novela de los Estados Unidos», le dijo a Maxwell Perkins, su editor. Creo que leí que lo había escrito en algún lugar de la Costa Azul y luego lo revisó en Roma y Capri.
En la estantería, cerca de los dos ejemplares de El gran Gatsby, hay otro libro de Scott Fitzgerald, El hundimiento, un libro pequeño, casi un cuadernillo, editado por Funambulista en 2013, unos fragmentos de diarios de 1936 —pocos años antes de morir de un ataque al corazón—. Empieza diciendo: «Está claro que vivir consiste en hundirse poco a poco». En la década que separó un libro de otro, el mundo se había hundido con el crack bursátil de 1929, y estaba ya cerca de sumirse en la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo no sentirse hundido? Yo no recordaba que Scott Fitzgerald hubiera muerto tan joven. De hecho, recuerdo que leí El hundimiento como si se tratara de las últimas memorias de un anciano solitario.
Portada de la primera edición de The Great Gatsby, 1925. Portada de Francis Cugat.«Hay otro tipo de golpes —escribía—, que vienen de dentro y que acusamos siempre demasiado tarde para poder hacer algo al respecto. Entonces se adueña irremisiblemente de nosotros la revelación de que nunca más seremos quienes éramos».
En estos días de turbulencias macrofinancieras y belicismo insoportable, me descubro pensando en aquellos días de entreguerras —aquello que se ha romantizado como ganas de vivir, las fiestas en mansiones en Long Island y el lujo, que Scott Fitzgerald de alguna manera desmontaba en su novela— y al abrir mi ejemplar de El gran Gatsby descubro dos cosas que hablan de otro tiempo: un viejo horario de autobuses de Mérida a Sevilla —del año 2012— y una postal, un atardecer de Mallorca firmada por mi amigo Fer, que no tiene fecha ni dirección. Debió comprarla y escribirla durante unas vacaciones y nunca la llegó a enviar, así que me la entregó en mano a su vuelta.
Eran otros tiempos: íbamos los unos a la casa de los otros sin avisar, llamábamos al timbre y entrábamos y había pruebas materiales de que estábamos vivos: un disco era algo que hacer con un amigo, un libro una caja donde esconder cosas. Yo acostumbraba a dejarme pistas del momento en algunos libros, tarjetas, notas, recibos, fotografías, a la manera de un visitante del futuro que viene a sugerir el camino que se debe seguir hacia la prosperidad, pero al revés: siembro pistas sobre aquello que fui, todo lo que quise ser y que no debo olvidar.
Creo que no hay ninguna relación entre Fer y Scott Fitzgerald, es sólo que una cosa ha llevado a la otra. Convendría leer El gran Gatsby de nuevo, comprender la naturaleza del hundimiento qué se esconde detrás del espejo del lujo, cuando se pierde el azogue y aflora todo aquello que no mostramos en sociedad, corrupciones y traiciones, idealizaciones delirantes, éxitos que esconden secretos oscuros en general. Una postal es algo real, algo destinado a permanecer: un pedazo de cartón con una imagen y unas cuantas palabras manuscritas, el bolígrafo BIC negro deslizándose sobre el lado rugoso de la cartulina, como una aguja sobre los surcos de un disco. Si hay algo cierto en la vida, déjalo por escrito, pero entrégalo, deshazte de ello.
Pasó un siglo sobre las páginas de El gran Gatsby y el tamiz de los años ha situado aquella decepción comercial como una de las mejores novelas estadounidenses del siglo XX. No tengo duda de que si lo es porque ya escondía en sus páginas el preludio de aquel hundimiento que estaba a punto de suceder. Aquella aleccionadora cita de apertura de la novela es de las pocas que recuerdo de memoria, de manera casi literal. Hoy, he vuelto abrir el libro por el final para leer las últimas palabras, que ya había olvidado, y que resuenan como un viento solitario en el invierno de Long Island: «Así que seguimos adelante, como botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado».
G.G.Q.
Madrid, 10 de abril de 2025




