La noche del centinela

Artículo publicado originalmente en la Revista Komuya.

Fuimos a comprar la cuna y el carro y alguna cosa más a una tienda cerca de la plaza de Juan Malasaña —allí se llega como se llega al centro de un pueblo: está señalado por la torre de la iglesia—. Las cajas, colocadas en el salón a la espera de ser abiertas, ayudaron a acentuar ese estado de provisionalidad permanente que solemos tener en casa, como si siempre hubiera una mudanza a medias. Aún había tiempo de sobra, así que dejamos pasar unos días antes de abrir las cajas, montar la cuna junto a la cama, dejar el capazo en el coche, colocar en el armario algunas ropas —diminutas, como de juguete— y por fin apartar los cartones y bajarlos al reciclaje.

Cuando, por fin, nos sentamos en el sofá para descansar, Alicia puso los pies en alto y apoyó las manos en el vientre redondo. Luna subió al sofá con ella y se tumbó sobre sus piernas estiradas poniendo el hocico sobre la barriga. Hay algo aquí que necesita calor, parecía decir, pese a que la primavera no fue fresca y el verano prometía caluroso —porque siempre son calurosos los veranos de los embarazos—. Para entonces el bebé ya era una realidad que todos podíamos notar: dibujaba movimientos juguetones en el vientre de la madre, imprimía la huella del pie en la superficie lisa de la barriga y luego la desdibujaba cambiando de postura. El niño, impaciente por comunicarse con el mundo exterior, dio una patada. Luna la recibió en el hocico como un presagio y con paciencia y resignación se giró y puso la cabeza hacia los pies de Alicia, pero no desistió en su tarea dar calor: una especie de instinto espartano la designaba para llevar parte ineluctable en la tarea de cuidar de este niño nuestro. Suspiró e hizo ese gesto que hacen a veces los perros con las orejas, como si parpadearan, como si le dieran al interruptor del descanso.

Las semanas pasaron y el calor se fue volviendo denso en Madrid. Por las noches salíamos a pasear por el bulevar y, sobre todo, buscando el fresco clorado de la fuente —la misma en la que los aficionados del Rayo Vallecano celebran ascensos y clasificaciones, que aquel año estuvo tranquila—. Para cuando nació el bebé ya se nos había agudizado el oído, ese sentido arácnido que te ayuda a interrumpir el sueño y pasar las noches en vela ante cualquier sonido por leve que sea —no solo el llanto, sino la misma respiración, la música leve de un suspiro, el crepitar de la ropa y las sábanas, o incluso silencio, que cuando se trata de niños puede ser más preocupante que el jaleo—.

Un par de días después del parto volvimos a casa y los presentamos allí, al niño y a Luna: olió sus pies y su pañal aspirando con una fuerza apasionada, como si quisiera guardarse su olor en algún lugar muy seguro, y no tuvimos duda de que, aunque no conociera su nombre aún, la identidad olfativa ya la avisaba de que aquel recién nacido era la misma fuerza extraña que se agitaba dentro de su dueña hasta unos días antes. Agitaba la breve cola mocha y nos miraba a todos. Ahora me pregunto si será capaz de recordar aquel día como lo recuerdo yo, si habrá momentos en que sea capaz de contárselo a sí misma y revivirlo con la memoria. Los perros no saben hablar pero lo saben todo.

Cuando el niño dormía, dejábamos la casa en silencio y dormíamos también nosotros. La perra Luna se acostumbró a tumbarse en su cama mientras nosotros apañábamos las cosas de la casa, fregábamos los platos, gastábamos las pinzas de la ropa tendiendo lavadoras interminables, enjambres de bodis y camisetas mucho más pequeñas que una servilleta. Todo se quedaba siempre un poco a medias. Si alguien hubiera entrado a casa en nuestra ausencia, hubiera pensado con total seguridad que por extrañas razones habíamos salido corriendo, dejando en medio algunos platos sucios y una perra paciente que esperaba detrás de la puerta nuestro improbable regreso. Yo me acordaba de aquel Quico de Miguel Delibes que se veía de repente desplazado por el nacimiento de su hermana pequeña. Nuestra perra parecía, en esta ocasión, el bebé destronado.

Sin embargo, la resignada Luna acompañaba lo cotidiano como la presencia silenciosa de un espíritu. Habíamos sido una de esas parejas que tenían perro mucho antes de tener niños, quizás como una prueba autoimpuesta, como si antes de querer tener hijos hubiéramos querido tener un perro para tener algo que cuidar con interinidad, padres en período de prueba de algo menos importante en apariencia a nuestro cargo: alguna planta, un hámster, un perro o un gato, antes de los niños. No sabía yo aún que un perro es una presencia que cuida de ti: duermen junto a la cama de los enfermos, guardan las puertas en la ausencia de humanos y rondan las casas una vez a la hora, como pasando revista con vocación pastoril, para asegurarse de que todos los miembros de la familia están allí.

Compartimos una vida monacal en la que ella se ha vuelto un poco huraña, como yo. Compartimos el desayuno cada mañana, latas de atún para las ensaladas y los yogures. Se tumba junto a mí mientras trabajo cuandos nos quedamos solos —porque, ya lo dije, los perros se tumban junto a los convalecientes— y se convierte en mi sombra a la hora del paseo nocturno con perfecta puntualidad.

Aquel verano caluroso Luna encontró un nuevo hueco donde tumbarse bajo la cuna del bebé, un lugar convenientemente umbrío y fresco, pensé yo. Sin embargo su instinto de alerta no descansaba nunca y cuando el niño se movía o emitía un quejido, por leve que fuera, se levantaba rápido, recorría el pasillo, para venir a alertarnos, y señalaba con el hocico, con todo el cuerpo, en dirección al dormitorio supiéramos que teníamos que ir a atender al pequeño. También aprendió a no despertarnos por la mañana, si nos levantábamos demasiado tarde. De nuevo, el instinto parece avisar a los perros cuando ven animales enfermos o humanos cercanos al límite existencial.

Con la edad se ha ganado un espacio en el sofá: una manta con dibujos de huellas de perrillo marca el lugar de la cánida emérita. Por las noches suenan sus paseos, hace la ronda nocturna de dormitorio en dormitorio, duerme un rato con nosotros, otro rato con los niños, a ciertas horas se tumba en su espacio del sofá, y en su ir y venir choca con puertas entreabiertas, trastos por medio, obstáculos provisionales que siempre están ahí. Mientras escribo esto, duerme a mi lado. A veces sueña que corre o que caza algo —lo sé porque mueve las patas y respira fuerte como a punto de ladrar—. Dicen que los perros sueñan que juegan con sus dueños. Pero yo sé que sigue en guardia, en parte feliz, en parte angustiada: qué harían estos de no ser por mí, se dirá. Y yo también me angustio, la verdad, porque la mayor parte del tiempo es verdad que no sé qué hacer.

G.G.Q.
Madrid, 30 de septiembre de 2025