Palabras más allá de las palabras

Un relieve cuneiforme asirio exhibido en el Museo Británico de Londres. Foto de Jan van der Crabben. Un relieve cuneiforme asirio exhibido en el Museo Británico de Londres. Foto de Jan van der Crabben.
Artículo publicado originalmente en la Revista Komuya.

Tres trazos forman el ideograma de 川 (chuän), río en chino, representando una corriente de agua que baja entre dos orillas: en el precioso idioma chino no sólo leemos las palabras, sino que además las vemos como en una novela gráfica o como en un grabado. Escribir es dibujar además de escribir. En 山 (shān), dibujamos —o escribimos—, tres picos para decir “montaña”. El árbol 木 () representa las raíces expandiéndose, el tronco y las ramas, y si juntamos varios de ellos tenemos 林 (lín), bosque.

Sol se dice 日 (): imaginemos que queremos dibujar un círculo que dentro tiene luz, pero lo hacemos grabándolo en una tablilla de bambú o en un caparazón de tortuga, soportes muy duraderos, pero donde las figuras curvas son más complicadas y nos resulta más fácil recurrir al trazo recto. La luna 月 (yué) es similar pero tiene dos patas que sugieren la forma curva del cuarto creciente. Juntos, luna y sol, dan lugar a 明 (ming), brillante.

En chino lo que se escribe es lo que se ve, y esto además da un juego especial en la poesía: la rima no es solo sonora, sino que además se recurre a una rima visual utilizando ideogramas de diferente pronunciación pero que comparten raíces.

Nuestra letra a (A / a), viene de alpha (Α / α), que a su vez tiene su origen en la alep fenicia (𐤀). Esta alep fenicia también dio lugar, entre otras, a la hebrea alef (א) y a la alif árabe (ا). ¿Pero cuál es el origen de la alep fenicia (𐤀)? Podemos encontrarlo en el jeroglífico egicipcio para buey (𓃾), y del mismo modo qop (𐤒), el mono en el idioma fenicio, dio lugar a qoppa (Ϙ / ϙ) y a phi (Φ/φ) en griego y a cu (Q / q) en el alfabeto latino.

La relación entre escritura y dibujo ha existido siempre, es un viaje de ida y vuelta en el que diferentes formas artísticas hablan entre sí y se desarrollan, la escritura y la caligrafía al principio, pero luego también el diseño tipográfico —es inconfundible el tipo de letra de que utiliza Woody Allen en sus películas, o el del logotipo de la factoría Disney—.

En un acto de sublimación de la escritura, encontramos los poemas epigráficos de la Alhambra. Además de la máxima «sólo Dios es vencedor», atribuída a Zawi ben Zirí, que se repite en la decoración —también como un logotipo inconfundible—, en las paredes de la Alhambra podemos leer los poemas de Ibn al-Yayyab (1274-1349), Ibn al-Jatib (1313-1375) e Ibn Zamrak (1333-1393). «Soy corona en la frente de mi puerta: envidia al Occidente en mí el Oriente», rezan unos versos decorativos en la puerta de Comares. En las columnas brotan las formas como una vegetación frondosa —no en vano, la ingeniería del agua riega los jardines y huertas de la Alhambra como primer elemento de su arquitectura— o como geología de proporciones matemáticas exquisitas, los azulejos forman figuras geométricas en las que se pueden contemplar coloridas constelaciones y entre medias la caligrafía surca los muros como una enrededadera que habla, a su vez, de la edificación que la sostiene —es la Alhambra a la vez sujeto y objeto en este juego de decoraciones recíprocas—.

En el patio de Lindaraja, uno de esos rincones umbrios de la Alhambra que invitan al recogimiento, al disfrute de la solitud, se escucha la música de una fuente en cuya piedra podemos leer unos versos de Ibn Zamrak que nos recuerdan a aquellos de la puerta de Comares:

«Soy como órbita de agua que a los hombres manifiesta reluce y no se oculta;
mar muy grande, cerrado por riberas de bellísimo mármol escogido.
Mi agua es perlas fundidas, que por hielo ves correr (tenlo a grande maravilla),
y, por diáfana el agua, a través suyo ni un distante de ti desaparezco».

Loa el poeta a la fuente, haciendo uso de una primera persona que nos suena mitológica, como poco a fabulosa prosopopeya. Sin duda el el poder utilizaba la exaltación de la belleza como manera de legitimación —la obra bella es digna del poderoso y a su vez el poderoso es legítimo dueño de esa alta belleza—, dando lugar a un juego estético difícilmente superable. El que firma se permite añadir un juicio personal más: los poderosos de entonces debían de ser conspiradores traicioneros como los de todas las épocas —escrita está la historia de la matanza de los abencerrajes que, según la leyenda, tiñe del color de la sangre la piedra de las fuentes de una sala contigua al Patio de los Leones—, pero tal vez aquella época floreciente se distinguió de la actual en la demostración de un gusto estético, culto, del que estamos lejos hoy. Dicho de otra forma: los poderosos de ahora son igualmente traidores y trepas, pero estética y culturalmente incapaces.

Más que un ápice de la vertiente visual de la palabra nos llegó a la novela. De los diversos ejemplos que podemos encontrar me gustaría destacar dos. Por un lado, La historia interminable de Michael Ende, donde encontramos, nada más empezar, una tipografía vista del revés en el cristal de una tienda:

LIBROS DE OCASIÓN
Propieteario: Karl Konrad Koreander

Además la narración de los dos mundos en que sucede la novela se diferencia mediante el tratamiento tipográfico. Otro ejemplo es La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski, en la que la historia se compone mediante un fractal de juegos de tipografías donde las anotaciones a pie de página forman parte necesaria de la arquitectura narrativa de la novela.

¿Acaso el libro no es mucho más que un soporte? Aunque nos baste la palabra por sí sola, la experiencia de la lectura y de la escritura varían dependiendo del material en que está escrito o impreso un texto. No podemos pensar que sea lo mismo leer los santos evangelios en el milenario libro de Kells que en un infame dispositivo electrónico. Sea como sea, acepto que la elección se deba a una simple preferencia personal algunas veces, a mera practicidad otras tantas. Quizás en adelante, en un soporte cualquiera, veré más allá de mis pobres garabatos: cuando use un papel común como lista de la compra y anote “Aceitunas”, veré en la A la alep fenicia, el viejo jeroglífico del buey egipcio, válido para el ornamento fúnebre de los dioses terrenales o para la actividad contable. ¿Es tan solo cuestión de gustos?

Leer el artículo completo en Revista Komuya (Agosto de 2025, página 23).

G.G.Q.
Madrid, 31 de agosto de 2025