Cambios imperceptibles
Afueras de Los Santos de MaimonaAhora nada es igual pero los cambios parecen imperceptibles y si uno no se fija bien se puede hacer una falsa idea de eternidad.
Los gorriatos siguen cantando por la mañana por las copas de los árboles, así los escuchaba de niño al despertar en el barrio granadino de Cartuja y durante el confinamiento en las calles vacías de Madrid, pero este año aún no he visto ninguna coguta aventurarse por el camino junto a la casa, con su tocado en forma de casco prusiano, en busca de granos en el suelo. Tampoco han aparecido las salamanquesas, siempre tranquilas aunque imponentes. Su lugar lo ha ocupado una bandada de murciélagos intrépidos que vuelan bajo a la caza de los infames mosquitos.
Hubo un temporal de nieve inaudito hace meses, pero ya antes habían avisado los pozos al secarse. El quejido de la tierra es silencioso, parecido a una esas enfermedades en las que no se quiere reparar hasta que se han vuelto incurables. Últimamente la calima irrumpe con más frecuencia en un verano que es más fresco de lo normal. El cielo ya no es azul, no siempre llueven los nublos. Se disparan las temperaturas y en el suelo aparecen como setas furtivas algunos cadáveres de pajarillos pelones.
Los pájaros cantan y el moral frondoso da sombra en el camino de la entrada, los perros aúllan por la noche sea cual sea la fase lunar, las tomateras exhiben sus frutos palpitantes a los ojos del recolector pero su carne no tiene ya el sabor de los veranos que ya no volverán. No sabemos cuánto durará pero nada de esto será para siempre
G.G.Q.
Madrid, 18 de julio de 2021




