Demolición en la Castellana

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Reconozco cierto mal gusto en mi predilección por la Castellana —no tratándose precisamente de un vergel—, pero con los años se ha convertido en un rosario de lugares emblemáticos en mi imaginario personal. Algunos permanecen, otros se derrumban.

A la Castellana llegábamos bajando por José Abascal cuando vivíamos en nuestro primer apartamento en Madrid, cerca de Alonso Cano, y salíamos a aireanos. Aquella primavera de mañanas soleadas fue la siguiente a mi largo invierno parisino. Aquí echo de menos el Sena tanto como en París la luz del día.

En cierto modo, parecía también primavera pese al frío cuando paseábamos a la altura de Bernabéu para ver la iluminación navideña y anticipábamos alguna compra en la Librería Lé. De sus portales, que a mi me parecen a la vez tan ostentosos y tan rancios, vimos salir a alguna famosa pasada de moda luciendo un abrigo de pieles.

Hablo en plural porque somos muchos los que nos acordamos: el edificio Windsor ardía mientras unas sombras fantasmagóricas recorrían su interior buscando no se sabe qué. Muchos quisimos ver allí un misterio novelesco, quizás del género paranormal, quizás del género negro. Uno tiende a inventar ficciones cuando no tiene un buen libro a mano.

Ahora atravieso la ciudad en taxi, ya rendido a la urgencia de llegar tarde a una cita. Donde antes estuvo la Ciudad Deportiva del Real Madrid, crecen unos rascacielos que, lejos de ser flamante novedad, ya tienen más de una década. Seguramente dentro de poco luzcan ostentosos y desfasados si se les compara con los distritos que aún están por construir.

Los años pasan por esta ciudad a golpe de ladrillo y de hormigón armado. Camino entre las torres. Cruzo la Castellana camino de Chamartín y pienso que, como en aquella novela de Paul Auster en que los edificios de Nueva York van desapareciendo, Madrid se edifica de una manera que, en ocasiones, equivale a una demolición.

G.G.Q.
Madrid, 29 de octubre de 2020