Epílogo 2020 2021

Epílogo 2021 Epílogo del 2021

¿Dónde estaba hace un año? Fueron los días en que empezaba a perder la cuenta de las oleadas víricas de la pandemia, veíamos en las noticias cómo se vacunaban los primeros e intentábamos hacer cábalas sobre la esperada fecha de nuestro turno. Un temporal de nieve se acercaba y en unos días las carreteras, las vías del tren y los barrios iban a estar sepultados bajo un resplandeciente manto de nieve.

Recuerdo haber visto a Emma dar sus primeros pasos. Sorprende que en un tiempo tan confuso como este haya alguien que tantee el suelo y aprenda a pisar firme, con total decisión. Recuerdo haber pensado que yo no tenía nada que ver con aquello: acuclillado y con los brazos extendidos para atraparla si perdía el equilibrio, ella sola avanzaba el pie como Indiana Jones a punto de dar un salto de fe en La última cruzada o como Neil Armstrong recién bajado del módulo lunar. No lo sabe y quizás no lo sepa nunca, pero la admiro como admiraban a los astronautas los niños de antes.

Yo, entre tanto, hacía una de las últimas correcciones de El libro de las distancias, eliminaba un capítulo más, discutía algunos detalles ortográficos, intentaba imaginar la portada; dudé de todos los detalles del libro hasta el último momento, me impuse plazos imposibles, perdí horas de sueño. Pasaba madrugadas mirando la noche de invierno por la ventana entre Madrid, Granada y Badajoz, los espacios principales que daban forma al libro. Ya habían pasado los días más fríos cuando llegó a casa el libro terminado. Terminado es un decir. Sé que seguiré escribiéndolo el resto de mi vida.

¿Y qué importa todo esto? Ha sido un año de pequeñas primeras veces: el primer libro, la primera firma, la primera presentación. Quizás ha sido también el año de todas estas últimas veces. Y sin embargo nada ha cambiado desde marzo de 2020. Los días pasan como como copos de nieve en un cuento de Tolstoi y el calendario es una estructura de números ateridos sin sentido.

Eso sí, hemos aprendido a convivir con el miedo. Lo seguimos cargando mientras buscamos el camino de vuelta a las Navidades de 2019, cuando el 2020 aún parecía algo que no fue. Miro atrás y veo este año borrándose como huellas en la nieve: el peso hace que nos hundamos hasta las rodillas, nuestra zancada resurge –resurge siempre o casi siempre– y la nieve que sigue cayendo sepulta de inmediato el rastro que podíamos haber dejado.

Escribo palabras, frases, páginas. Hay gente que las lee. Es el equivalente a hablar y ser escuchado. Sin palabras no existiría el mundo, ni la gente, ni habría nada que añorar o por lo que luchar. Conforme iban pasando los meses se iba tejiendo un diálogo del que yo ya no era dueño. Delante del ordenador o del cuaderno, en mi estudio de casa o en el que improvisaba en cualquier lugar, estaba más solo que nunca. Luego las semanas me devolvían un eco, una especie de compañía que yo recibía como una señal desde las profundidades del Universo, una ondulación electromagnética, el breve zumbido de un teléfono móvil que vibra junto a una adenda escrita a mano: «wow!». De alguna forma, algún día contaré cómo, esto me ayudó a reconciliarme con cierto tipo, alguien a quien hace tiempo que no veo, que escribía versos en las libretas en lugar de coger apuntes.

A veces hace falta algo a lo que agarrarse. Emma se aprieta a mi cuello y la abrazo y no sabría distinguir quién es el tablón y quién el náufrago, quién cuida de quién. Quizás algún día lea alguna de mis palabras y quién sabe si las recibirá como esa señal cósmica lanzada hace millones de años, el reflejo de otro tiempo, de otras gentes que ni siquiera imaginamos. Igual que la de un alienígena, es posible que la imagen que tenemos de nuestros padres se parezca más a lo que nos gustaría que fueran que a quienes realmente son.

¿Y ahora? Amo, de este tiempo, el manto de niebla desdibujando las formas cotidianas, deteniéndolas en ese vapor gélido, petrificado como un velo de Bernini, que arropa las noches de diciembre. Me siento a escribir, sólo por el gusto de hacerlo, en la intimidad de un cuaderno alejado de todo, sin una dirección en concreto. Las calles desaparecen, las personas son sombras guarecidas en esa nebulosa implacable, la luz parece querer volver a las farolas, las naves a la tierra, el tiempo a la noche, como un anciano que se duerme. Caerán los satélites a plomo, pero hoy reina el silencio en las noches de paz con la ayuda de una meteorología sigilosa.

Lamento no tener claro qué día es hoy, qué año es el que termina, aún menos cuál es el que comienza. Quizás relea este papel dentro de un año, o dentro de más. Me pregunto cuántas veces habré escrito esto mismo con estas mismas palabras.

G.G.Q.
Madrid, 31 de diciembre de 2021