Oda a una vieja amiga

Luna, tendida al sol. Luna, tendida al sol

Es un misterio para mí el agudo sentido con el que Luna parece adivinar quién ha llamado al timbre, aún viviendo en un tercero y con varias decenas de metros entre el portal y la cancela. Suena y se alza en guardia. Si no conoce a quien venga, ladra alertando; pero cuando quien llega es de la familia suenan sus pequeños lloros como si ya hubiera descubierto al que ni siquiera ha entrado aún al ascensor. Son extraños estos animales.

A Luna la conocí con treinta años recién cumplidos. Lo único que sabía hacer por entonces era poner cada de buena y pedir caricias —luego Alicia la enseñó a sentarse, tumbarse, hacer la croqueta…—. Además, su capacidad de adaptación le ha permitido convertir el hocico de ratonero en una palanca con la que levantar el brazo de quien quiere llamar la atención.

En este tiempo la vida nos fue cambiando a los dos. Ella se libró de todas las mudanzas que hemos tenido —menos una— pero vivió dos embarazos y ha vigilado a los bebés de esta casa con celo paciente. Pese a los tirones de orejas y los empujones sólo alguna vez ha perdido la compostura y ha ladrado a quien le estuviera metiendo el dedo en el ojo. Ahora duerme junto a un poto —o algo así— y una frondosa planta atrapamoscas. Emma se acerca a ella con frecuencia y la arropa o la abraza, lo mismo es, y Luna se queda tumbada —ni la planta ni ella tienen necesidad de cazar, si acaso cierto gusto por la fotosíntesis—.

Hace ya que perdió los nervios de cachorro y los ha cambiado por la capacidad de esperar su turno: cuando le echamos el pienso, que ya no devora ansiosa como hace unos años; la hora de salir a la calle, a la noche gélida de Madrid; la cena, nuestra cena, cuando abro una lata de atún para la ensalada y escucho sus pisadas ligeras acercarse con ritmo equino a la cocina. ¿Qué le echarán a las latas de atún, que desatan estas pasiones?.

Desayunamos juntos a veces, cuando hago tostadas, y le comento las noticias. Recuerdo que mi amiga Elisa me contó una vez, de niños, que una de sus vecinas estaba loca: al parecer cocinaba ciertos guisos para su perro y luego le reñía por no haberse comido todo. Yo no supe ver nada raro en esa extraña relación pseudo matrimonial, sin embargo el detalle de que conversara con el perro parecía un claro síntoma psicótico. Sin duda hablar es el principal acto delator. Yo a Luna he llegado a hablarle de Marzoa y ella me ha mirado con la cabeza inclinada, como hacen los perros cuando intentan sintonizar para captar una idea que no llegan a entender —ganan en esto a los humanos que ni siquiera se dan cuenta de que no entienden las cosas—. En cualquier momento, dice mi madre, esta perra va a empezar a hablar. Quién sabe lo que diría impostando una voz humana en lugar de ladrar: no abras —al oír el timbre—, no abras que es sólo propaganda, pasa de ese tal Platón, volvamos a Diógenes de Sínope. Y se tumbaría en la luz trapezoidal que forma ventana, el cuerpo en la cama y la cabeza en el suelo, con el cuello muy estirado, para quedarse así un buen rato, escuchándome, existiendo, siempre y cuando no viniera ninguno de los niños a taparle el sol.

G.G.Q.
Madrid, 18 de enero de 2022