Resistencia de la naturaleza
Nuestro contacto con la naturaleza son un puñado de flores al borde de un camino en el parque —podríamos llamarlas "la resistencia"—.
Esta primavera sabe a conserva, a recalentado de microondas, a esos panes refrigerados que hornean en los comercios oscuros de alimentación.
Como en aquel cuento del Dr. Seuss, El Lorax, donde se respiraba aire embotellado y los árboles eran artificiales, nos hemos acostumbrado a una libertad enclaustrada, al ritmo de los autobuses de la EMT, al alimento de la urgencia: cocinar sin tiempo, dormir con prisas, respirar apenas una vez por semana ráfagas de viento reseco.
Internet es el patio penitenciario al que uno se asoma a hacer como que pasea, como que va y viene sin ir a ninguna parte. ¿Dónde quedan la orilla del mar o la rivera del río en esta ciudad de campos urbanizados?
Hay algo que sabemos desde tiempos de Ulises: un viaje no es un viaje si al volver uno vuelve el mismo, y eso requiere de lentitud, no solo de distancias. Un paseo no es un paseo sin descubrir nuevos horizontes.
Junto a las flores: gradas de hormigón, el estruendo sísmico de un motor furioso. En esta naturaleza aparente, hasta las nubes son atrezo, llueve poco y mal, chispea lo justo para que florezca un vago recuerdo.
G.G.Q.
Granada, 27 de marzo de 2022




