Invierno en el valle

Garganga de Beceda. Garganta de Beceda

Entonces me fui a trabajar a las montañas, a unos mil kilómetros de distancia. Nos fuimos. En días como hoy veíamos amanecer desde el valle. Subíamos por la misma carretera por la que bajaba un glaciar de viento —uno de esos vientos hechos de esquirlas que no tienen nombre— y en la cumbre un sortilegio de hielo comenzaba a iluminar la arboleda: de las ramas de hoja perenne colgaba la helada en forma de colmillos de cristal en los que se refractaba la luz del sol, una suerte de fluorescencia submarina en la cima de la montaña, alta, resplandeciente, gobernada por robles centenarios, rapaces que flotaban en el aire y quién sabe que otros seres de los que sólo sabíamos por leyendas, decires y rumores. Luego, al llegar al pueblo no se veía a nadie por la calle, tan solo dentro del comercio, acaso en la iglesia, quedando las calles en un silencio casi completo de no ser por el sonido de nuestro propios pasos y el rumor de un arroyuelo, cuyo nombre no puedo recordar, si es que lo tenía, que no llegaba a remansarse a su paso bajo el puente piedra.

Por entonces yo me creía un cosmopolita fuera de lugar, el extraño caso de un viajero que proviene de donde en realidad no ha estado jamás; ahora, en la lejanía de los años, soy uno de esos organismos metropolitanos que adolece de cierta vocación romántica y montaraz.

Habíamos llegado en verano. Yo quería aprenderme todas las carreteras de la región, los nombres de los pueblos abandonados, cada rincón y cada piedra, cada río por el que corría un agua cristalina que los hombres habían domado en piscinas donde jugaban los niños y tomaban el sol los adolescentes. Aprendí a observar a las cigüeñas. Cuando, volando cercanas, descendían a la superficie, su planeo majestuoso las hacía parecer cazadoras en exceso lentas, quedaban suspendidas antes de tocar tierra y, un instante después, se reanudaba el tiempo y hundían su pico en la maleza. Más que apresar, recolectaban pequeñas alimañas. Esta tierra, a su manera, siempre ha sido generosa. ¿Hasta dónde serían capaces de ir, una mañana cualquiera, volando en busca de alimento? Seguramente no a la cima de la montaña, mucho menos al otro lado —no había necesidad—, pero supongo que disfrutarían pasando un rato de pesca en el embalse —algo sibarita han de tener estas aves que anidan en la piedra centenaria—. Crotoraban mientras veían el anochecer desde su nido en la torre de la iglesia, su silueta de ébano sobre el incendio magenta del cielo; se las oía en los mediodías calurosos; las calles se llenaban de su sonido.

Cuando llegó el otoño y dejó su pátina áurea sobre los bosques del valle, nosotros empezamos a volver temprano a casa, a espaciar nuestras salidas en coche hasta que casi desaparecieron. Trabajábamos allá arriba y al atardecer volvíamos a nuestro piso en la ciudad. Para cenar, calentábamos una sopa o una pizza campesina refrigerada y veíamos la tele un rato. Teníamos uno de esos viejos televisores de tubo que servían de pequeña repisa y que ya por entonces estaban pasados de moda. Seguíamos una serie que supongo que ya será "de las de antes": Lost. Hace ya mucho de todo esto. Por las mañanas bebía café caliente en nuestro balcón mientras me fumaba un cigarro rubio. Entonces costaba la mitad que ahora. Me gustaba manipular los cigarrillos, mirar el papel con el que estaban hechos, prenderlos y ver esa especie de frontera carbonizada avanzando hacia el filtro con su rastro de cenizas, observar el mecanismo del mechero, inspirar el humo y expulsarlo, ver cómo se lo llevaba el viento entre goterones de lluvia fría.

Los arroyos crecían, daban forma a las rocas y estas, a su vez, moldeaban el camino del agua. El invierno en la distancia era ya una especie de primavera. Nuestra forma de anidar y de recorrer la montaña nos convertía en moradores del lugar. Pero las cigüeñas se habían marchado y, por razones similares, nosotros estábamos a punto de preparar las maletas, llenar el coche, largarnos a otro sitio. Todo escapa: volutas de humo que tienen todo el cielo para perderse en él. Nunca volvimos. Imagino que por el valle aún bajan el agua y las cigüeñas cuando vuelen hacia el sur huyendo de las heladas europeas. Pienso con frecuencia en esa hora en la que aún seguíamos en el dormitorio de nuestro piso, la madriguera donde la noche era cálida, mientras en algún lugar comenzaba a encenderse el amanecer helado que luego veríamos nosotros desde el valle.

G.G.Q.
Madrid, 30 de enero de 202