Los feriantes ya habían recogido

Este viento es el de las temporadas pasajeras. No lo anuncian los expertos en meteorología, pero tú y yo lo sabemos. Puede oler a lo que huele el pueblo cuando ya no queda nadie en la piscina municipal, o al dulzor que dejan los tractores al empezar la vendimia. Podría tener el tacto de la celulosa de un libro de texto recién comprado y también una brizna de tristeza reconciliada por cada amor de verano que fue solo eso: un amor pasajero más.
Los feriantes ya habían recogido. A los bares solo acudían unos pocos viajeros cansados que se dejaban en el fondo del vaso los restos de la euforia del último mundial de fútbol en que España perdió en cuartos. Año arriba, año abajo, fue cuando te arrepentiste de haber leído El código da Vinci: tanta página, todo el tiempo de lectura, para nada. Los libros mal escogidos pueden tener el sinsabor de los amores contrariados. Durante unos meses, te carteaste con alguien y ya no recuerdas por qué dejaste de hacerlo. La vida. Supongo. Puntos suspensivos.
A ti la feria te daba igual. Solo recuerdas que, de niño, tuviste una reacción alérgica después de una feria del Corpus y tuvieron que inyectarte algo en urgencias. Cuando la enfermera te pidió que te bajaras los pantalones tú preguntaste hasta dónde. La invención del pudor impúdico y el olor de las uvas recién cogidas. No eras tan niño. Había olores en tu cuerpo que eran nuevos y te hacían sentir una novedad de crisálida, como si estuvieras mudando la piel (y la estabas mudando, despellejado por el sol).
Un rumor de truenos en la lejanía anuncia el otoño, la estación de lo nuevo y lo viejo, de todo lo que fue y será pasajero: la primera hoja caduca flotando inmóvil sobre el agua clorada de la piscina.
G.G.Q.
Madrid, 31 de agosto de 2024




