Un apunte veraniego

Atardecer en la playa de Salobreña Atardecer en la playa de Salobreña

Descubrimos cosas nuevas, cosas que nunca supimos o que ya habíamos olvidado.

La maritoñi en su versión original, amplia y rellena de cabello de ángel, es el dulce playero por antonomasia, empatada con las tortas de chocolate del tío que a media tarde pregona «amô a lâ tôtâ», «tôtâ de chocolatiiii». Ahora además surge la vocecilla aflautada pero efectiva de Óliver que llama insistente: ¡'R tío lâ tôtâ! ¡Yo quiero una, mamá, yo quiero una!.

El pescado frito es un manjar de dioses, especialmente los boquerones, según afirma el primogénito. Como postre para las cenas yo me inclino más hacia la leche rizada pero Óliver alterna helados de fresa o de chocolate —son buenos, sostiene, para evitar las pesadillas nocturnas—. Hasta la tortilla francesa está más rica aquí, en esta casa de la playa tan extraña.

No todo es gastronomía: Emma se afana durante horas de concentración en su labor arenera, llenando las sandalias cangrejeras de su hermano de chinos, o haciendo una montaña de arena en el centro de la toalla.

Yo intento leer pero pronto dejo el libro a un lado y miro alrededor: los niños cavan, corren, cazan —que no pescan— medusas. A nuestro lado una pareja cercana a los cincuenta se entrega a una especie de segunda juventud y fuman y beben cervezas al sol escuchando la radio. Tienen sintonizada una de esas emisoras en las que alternan canciones en español de intérpretes ya eternos como Julio Iglesias o Los Mojinos. Peor sería el riguitón, me digo, o el trap. Es posible que tú y yo dentro de unos años seamos así: nostálgicos de algo que pasó de moda hace demasiado. Lo pienso mientras te doy crema. No, es posible que no: quizá fuimos esos nostálgicos hace diez años.

El mar no es infinito, pero es suficiente. Luego está el atardecer, el tiempo en el que el oleaje cansado se deja oír un poco más. Las voces se apagan, la arena se vacía de gente y se llena de la luz de azafrán y uno es plenamente consciente de la falta de urgencias, de la indolencia. Ya todo da igual. No sé si el mar es de un solo color o de todos a la vez.

G.G.Q.
Salobreña, 6 de agosto de 2021