La ciudad es un delirio

La ciudad es un delirio Atardecer en un edificio del centro de Madrid, noviembre de 2024

No hagáis caso a la foto. La foto miente. La gran ciudad es un delirio: la realidad sucede en las calles de un barrio que podría ser una ciudad mediana, incluso un pueblo mínimo en el que una tendera pesa las naranjas y las manzanas en una báscula mientras el cliente espera paciente su turno (en la ciudad delirante no hay ya espacio para la espera sencilla, se considera algo anticuado).

La báscula es moderna, pertenece a este siglo, pero se ha averiado y la frutera se ayuda de una calculadora para hacer las multiplicaciones con decimales y luego los anota en una hoja de papel para después sumarlos, centésimas y décimas y unidades y decenas, números arábigos alineados en una columna que otorgan el resultado final. Por un momento, yo soy un niño que ve al frutero escribir la nota en papel de estraza —pequeña contabilidad que es una reproducción a escala de laboratorio del origen de la escritura (origen que equivale en cierta forma al origen del universo)—.

La frutera se disculpa por la lentitud mientras la clienta que está delante de mí protesta por los precios, «esto está muy caro, esto quítamelo que está muy caro». Yo espero mirando el género, frutas de temporada cuyo aspecto no es tan lucido como el de las grandes superficies, y también otras frutas que pertenecen a otra estación y a otras latitudes; verduras y hortalizas desordenadas, puestas allí como para hacer un guiso humilde, algo de reaprovechamiento; un breve estante con conservas nacionales y también palabras de importación, rótulos exóticos, tan exóticos como la escritura amanuense o la suma de cabeza.

Fíjate en lo diminuto, la mota de polvo, el detalle infinitesimal que delata lo real. La tarde del otoño ha caído ahí fuera y las naranjas son una cápsula mágica que guarda un mundo, al partirlas se esparcirán miríadas de gotas microscópicas de jugo, las constelaciones que no se ven en el cielo de la gran ciudad.

Ella, la frutera, se disculpa con amabilidad por haber tardado. Yo me despido con un agradecimiento formal, cargo las bolsas y salgo al barrio-ciudad. Camino con lentitud. El sol se pone llenando el aire de esquirlas sedosas. Todo queda oculto en las calles.

G.G.Q.
Madrid, 10 de noviembre de 2024