Loa a los inviernos

Loa a los inviernos, a esa estación, más sentimental que meteorológica, que comienza con la caída de las primeras hojas caducas y se prolonga hasta después de las últimas nieves.
La noche extiende sus dominios, sleep in heavenly peace, y en las casas reposa el dulce de membrillo o tintinean las castañas en las sartenes, hierve en el agua un té con especias orientales. “Aquí también habitan los dioses”.
He encontrado paz, en los últimos tiempos, en los lápices, en el olor que deja el polvo invisible de la viruta en el sacapuntas, en rellenar un área en blanco: huyo de la urgencia y contemplo las texturas que deja el color. Esta tarea no tiene fin.
Cerca de casa, hay un bosque humilde en el que cada año recogemos piñas y hojas caducas (recogemos también los últimos rayos de sol de los atardeceres tempranos, que son más dorados y más dulces). Y luego decoramos la casa, sin excesos, porque estos ornamentos no aparecen en catálogos, ni están a la venta, y eso equivale también a decorar el alma.
En el sofá también habitan los dioses: cuerpos que buscan el calor de otros cuerpos bajo la calidez de la lana. Luna suele tumbarse en el estrecho espacio que queda tras mi espalda. Rendidos a la noche, nos refugiamos de la confusa tempestad que impera en el exterior: en los comercios, frutas que antes eran exclusivas del verano ahora conquistan esta época extraña, se mezclan con los dulces navideños, adelantados desde hace ya semanas.
Dejamos que el frío lo cubra todo, y en el cielo opaco de las noches de la noche de Madrid, inmune al paso de los tiempos, brilla suspendida una estrella milenaria.
G.G.Q.
Madrid, 23 de noviembre de 2024




