Sigo esperando que caiga la lluvia

Sigo esperando que caiga la lluvia y limpie este espacio de aire cansado, lleno de pólenes y partículas de polvo en suspensión.
Pero he aprendido a vivir con los insectos, con esos dípteros inofensivos que antes confundía con mosquitos superdotados, o con las arañas que tejen el tiempo misterioso de los días libres. Duda comanche: ¿puede la araña verme mientras teje? ¿A quién he dejado yo de ver en mi faenar cotidiano, qué presencia enorme he pasado por alto? Es posible que las arañas no estén interesadas en observarnos, que no se pregunten a qué dedicamos las horas. Quizás tejer sea un verbo excesivo para una araña. Quizás todas nuestras palabras sean excesivas en teatralidad, en retórica, en imaginación, y sin embargo no dudo de lo necesario y lo placentero de hablar con los animales como si ellos pudieran entender lo que decimos (como si nosotros mismos lo supiéramos).
¿Acaso venías buscando la belleza? ¿O la paz? Desde que llegó la arena al cielo las golondrinas viven en el desierto bajo la penumbra de un sol mudo. Los buitres extienden victoriosos sus alas como banderas ondeantes. Es finales de marzo, el mes de la liebre enloquecida en la orilla del invierno, del lamento de la hoja perenne al no participar de la ceremonia de la renovación.
La meteorología es un estado de ánimo cubierto a veces por la nieve, a veces por la calima. No hay diferencia entre un viento de África o una lengua polar. Pero ahora, si salgo al camino que serpentea entre las huertas no me pregunto si se trata del destino o de un lugar por el que pasear. Qué sencilla es la belleza del agua: lluvia en la tarde, rocío al amanecer, sed saciada por fin.
G.G.Q.
Madrid, 19 de diciembre de 2024




