Pan y café

Salir a comprar el pan y un par de cosas. Hacer “mandaos” después de pasar por el consultorio. Recorrer el camino a pie porque tienes tiempo y porque sienta bien —desde Entrevías a Buenos Aires y luego hasta Puente de Vallecas y vuelta a casa por Martínez de la Riva—. Ir a una tienda a por café, elegirlo por el olor antes de que lo muelan. El tiempo no pasa en ese sitio así que mientras lo muelen miras los cestos de dulces a granel y los sobres de regaliz que no vas a comprar y piensas que hay algo antiguo en la tienda: el mostrador, la báscula, la forma de cerrar a mano el paquete de café con dos pequeñas tiras de cinta adhesiva.

— Hace catorce años que no conseguíamos que trajeran este tipo de café —me dice el vendedor, apasionado del género que trabaja. Yo lo compro y cuando lo prepare en casa pensaré en cada kilómetro que ha recorrido cada gramo de café para formar el líquido que vierto, aún muy caliente, en una taza que no es la de todos los días sino otra escogida especialmente para la ocasión.

El vendedor quizás lleve más de catorce años viendo pasar el tiempo desde el mismo lugar, la misma tienda en un viejo mercado de barrio donde las legumbres se almacenan en sacos y las frutas huelen como solían oler antes —en enero brilla "este sol de la infancia" que podría haber sido "este olor a hortalizas recién cortadas de la infancia"—. Catorce años que podrían haber sido cuarenta.

Pero te das cuenta de que el antiguo eres tú, lo antiguo es lo que haces: por un día sales a comprar el pan y hacer un par de mandaos, lo que formaba parte de otra vida, una lista de gestos perdidos en los que ahora te fijas uno a uno. Al volver a casa huele a caldo y a hogar cálido. Parte de la ceremonia consiste en colocar el café en la despensa, dejarla bien ordenada antes de lavar la lechuga, cortar un tomate, escanciar unas gotas de aceite de oliva que al caer sigilosas se convierten en pinceladas doradas de este bodegón. Huelo el aceite y pienso en el café.

— Lo traen de Cuba —seguía contando el vendedor— y vienen muchos cubanos a comprarlo porque dicen que el aroma les recuerda a su infancia. Recuerdo de súbito: una vez conocí a un cubano que regentaba un restaurante y que me trató con amabilidad. En realidad no recuerdo a aquel hombre, sino su amabilidad.

Por el ventanal del salón entra este-sol-de-la-infancia y la mesa está adornada con este-olor-a-hortalizas. ¿Escuchas eso? Es el sonido de la televisión apagada. En la pantalla se refleja la habitación. Vierto el agua de la jarra de cristal al vaso y del vaso a la boca. El agua ensimismada. El cristal fue aire alguna vez. O lágrima.

Habías salido un rato y entonces, justo ahora, solo ahora, lo sabes: de alguna manera has vuelto.

G.G.Q.
Madrid, 13 de enero de 2023