Verano en la vega de Granada

Verano en la Vega de Granada Verano en la Vega de Granada

Hay lugares de la memoria que ya no aparecen en los mapas: una carretera unía Granada con un lugar a mitad de camino entre dos pueblos de la Vega. Pasada una curva, ya se veía la alameda. Solíamos ir en aquel viejo fiat uno de mi padre, aunque recuerdo que en una ocasión era Rosalía la que conducía —un R12, quizás un dos caballos, que no tenía cinturones de seguridad, porque por entonces ni siquiera era obligatorio llevar el cinturón de seguridad por la ciudad, quizás en ninguna parte, quizás no en los asientos traseros, no lo sé, confundo las épocas—. Los dos coches eran del mismo color, de eso estoy seguro aunque no sea cierto: azul marino. No había aire acondicionado, pero no lo echábamos en falta.

Los veranos sucedían al otro lado de la cancela. Cruzábamos la alameda, yo miraba desde la ventanilla los troncos de los árboles formando líneas perfectas y rompiendo su formación a nuestro paso de manera sucesiva, y llegábamos a la casa. Había una perra a la que llamaban Lola, o Lula, un peluche mestizo en la que convivían el caniche y el grifón, con el pelo muy rizado en las orejas y una bota de cuero oscura anudada a su pata delantera derecha, inutilizada e insensible después de un accidente de tráfico.

Al final de la tarde se hundía en la piscina el cielo de la Vega de Granada: el verano era un pecio escondido entre los álamos. Tengo en la retina el recuerdo preciso de la corteza blanquecina y como herida de los árboles, la espuma terrosa que arrastraba el agua de la acequia por entre los troncos, cerca de donde yo jugaba, el brocal alto y áspero que rodeaba la piscina. Los postres olían a fruta madura, sabían a Comtessa recién sacada del congelador. Aquel lugar donde el tiempo no pasaba era uno de esos lugares donde los niños solitarios disfrutan de sentirse queridos.

Me acuerdo de todo aquello mientras miro el cielo de verano desde la ventana de casa. He buscado en el mapa del teléfono la carretera que llevaba a aquel recodo donde estuvo la finca, la alameda que con toda seguridad ya no existe, pero ahora me doy cuenta de que ya ni siquiera recuerdo qué calle utilizábamos para salir de la ciudad.

G.G.Q.
Madrid, 29 de junio de 2023