Últimas vías de escape

Incendio forestal en el bosque de Bitterroot en Montana, Estados Unidos Incendio forestal en el bosque de Bitterroot en Montana, Estados Unidos, por John McColgan

Ataron al caballo en medio de un pasto seco a las afueras del pueblo y lo dejaron allí a la intemperie, día tras día y noche tras noche, sin que sobre él cayera más sombra que la de sus propias costillas. Quien pasaba por allí, veía cómo al al caballo tiraba de la cuerda queriendo ir al otro lado de la carretera, donde sabía que había una fuente a la que alguna vez lo habían llevado a beber. La mala fortuna no quiso que aquel verano se declarara allí ningún incendio que devorara el pasto, que quizás soltara la soga cuando aún no fuera demasiado tarde para que el caballo pudiera huir del fuego y de la condena que le había sido impuesta, de modo que, al cabo de unos días, se dejó caer en la lona áspera de la tierra y murió de sed.

Estas son las leyes de los hombres. Las han elegido ellos. A los perros, cuando ya no se les quiere, también se les deja abandonados: mueren de sed o de inanición o vagan hasta ser atropellados por un coche que se da a la fuga, como los linces ibéricos. Hay quien tiene la sangre fría de colgar en medio del bosque a los galgos cuando ya no pueden correr tras la presa, los atan para que no puedan rastrear el camino de vuelta a casa, y aún así de vez en cuando saltan noticias que rompen todos los récords de brutalidad: hace unos días, el SEPRONA encontró los cadáveres de treinta y dos perros muertos de inanición en una nave de Azuaga.

El país bruto en el que congregaciones de salvajes se reúnen para aplaudir el martirio de un toro bravo, cuando no para perseguirlo en grupo por las calles del pueblo y lancearlo, fue el mismo país que dio lugar al Pascual Duarte de Camilo José Cela, personaje maldito que retrata sin pudor alguno la invalidez emocional de los miembros de este tipo de tribus y al que, muy hábilmente, Cela nos presentó al inicio de su más celebrada novela asesinando a su fiel perra Chispa:

«El pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del animal.

»Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra».

Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte.

Estos días, las llamas asedian Madrid desde el norte. Hace unas semanas, en los barrios del sur llovió la ceniza de otro fuego que ardía en el límite provincial con Toledo. Desde varios focos, ardía el monte en Las Hurdes hace unos días, ardía Zahara de los Atunes y arde Orense entero, arden las Médulas en León, arde Badajoz por varios sitios diferentes. Se vuelve imposible enumerarlo de memoria. En España, cuatro de cada cinco incendios son provocados. Es como si la escopeta de Pascual Duarte se hubiera hipertrofiado y siguiera cargada en las manos idiotas de los pirómanos.

Una foto en el periódico: en un descanso —que no es un descanso del trabajo, sino un descanso de la muerte—, varios bomberos forestales daban agua a un corzo exhausto en Losacio, Zamora. Otros animales no correrán la misma suerte, no podrán huir o no sabrán. He leido que también huyen, como pueden, los habitantes de Tuvalu de su isla al borde de la desaparición bajo las aguas del Pacífico Sur. Huyen de esa suerte de naturaleza que arrasa con todo cuanto encuentra, pero es una huída condenada al fracaso: como si el ser humano tuviera opción de huir de sí.

G.G.Q.
Los Santos de Maimona, 15 de agosto de 2025