Un paseo por Turín

El Monviso visto desde un avión (Febrero de 2025) El Monviso visto desde un avión (Febrero de 2025)

Cómo has llegado hasta aquí si no dando un paso detrás de otro. Y ahora que estás agotado debes continuar sin saber hacia dónde o por qué. Vuelves a ser extranjero. Ves los nombres en las calles y en los comercios y te figuras que hablan de ti o de momentos de tu pasado, nombres que aprendiste en otra ciudad hace mucho tiempo —en un tiempo que parece coincidir con este en el que existe la ciudad de Turín—.

Porque no, no es el lugar, ni la arquitectura, ni la gente, sino el momento en el que se debió quedar suspendida la ciudad de Turín, lo que te resulta familiar. Esa huella que un siglo lleno de esplendor, o de calamidad, o de ambas cosas, deja para siempre en toda ciudad. A cada lugar le corresponde un siglo, su propio siglo.

El río Po, peinado por varios sculls, trae a Piamonte la amplitud del cielo de los Alpes, quisiera inspirar el ancho espacio de los bulevares y las plazas por donde transitan los tranvías, de las avenidas y los soportales, como sí alguien hubiera pensado en la ciudad como un espacio natural, un lugar que donde vivir o por donde deambular más allá del mero desplazamiento pragmático de las ciudades del siglo XXI, y todo arropado bajo los nublos cálidos del mes de febrero. O quizás sea porque hace unos días, cuando despertaste en el avión en pleno vuelo, viste desde la ventanilla la cara sur del Monviso, más alto que las nubes, asomando como un animal milenario que se solaza contemplativo, el paisaje de los tiempos surcado fugazmente en un pequeño avión comercial. Aunque al vuelo prefieres caminar como aquel hombre al que descubrieron en los Alpes de Ötztal, cerca de Bolzano: tenía más o menos tu edad cuando cruzaba la montaña huyendo de unos perseguidores que finalmente le dieron muerte y dejaron su cuerpo abandonado en la nieve, el crimen sin resolver oculto en el valle durante cinco mil años hasta que dos alpinistas lo encontraron, y los cientificos le pusieron el nombre de Özti por la montaña que fue su tumba durante cinco milenios. Te tocaste los ojos para liberarte de esa pátina de lágrima adormecida y Viste el Monviso y ahora todo te parece vetusto y eterno: el tranvía que cruza la Piazza Vitorio Venetto es un funicular horizontal, por la estrechez de los arcos aparecen coches con la cautela justa para no malograr a cualquier paseante atolondrado, todo el camino hasta el Palazzo Reale y luego las avenidas trazadas alrededor de la antigua ciudad, cada adoquín y casi cada fachada parecen cinceladas como las curvas y los filos de una alta montaña alpina.

Te divierte descubrir que alguien que tiene tu mismo nombre, tu extraño nombre, ayudó a construir la ciudad: Gottardo Gussoni diseñó la Casa dei Draghi, imponente y oscura, como un símbolo del resurgir italiano tras la Primera Guerra Mundial. Quizás podrías escribir algo sobre él, pero en sus fachadas está ya todo dicho. Hubo alguien con tu nombre que supo esculpir dragones y quién sabe si maravillar o aterrorizar a los niños de la vecindad. En los nombres te pierdes porque te llevan de vuelta a lugares que ya conoces: Amadeo Avogadro porque nació en Turín y en su memoria se nombró una vía y también un conocido número, la constante de Avogadro (NA), que tu utilizaste de niño en los ejercicios de física del colegio para calcular la cantidad de moléculas de un gas, aquellos números enormes, expresados en notación científica, garabateados en un papel cuadriculado. Te intrigaba aquel número, tan preciso y tan resistente a la mnemotécnica que parecía inventado, formulado al azar. Y ahora que ya has olvidado el valor exacto del número te consuelas pensando que importa poco, porque es inabarcable y porque la ciencia, a lo largo de los años, se ha ido corrigiendo y modificando su valor. No era tan constante la constante de Avogadro.

Caminas, brujuleas, y hablas por teléfono. Ves que en los escaparates de las dulcerías se exhibe una mercancía magnífica —como alguna vez se hizo en tu ciudad natal, ahora arrasada por multinacionales de comida rápida—. Aunque ves con envidia que las cafeterías son bulliciosas pero sin llenarse, que siempre hay alguna mesa libre, decides no parar y seguir caminando, porque sentarte podría significar detenerte un lugar al que extrañamente perteneces y quedar atrapado ahí para siempre, y hay algo que te empuja a no detenerte, algo aparte del cansancio porque llevas caminando horas y pronto caerá la noche y tienes que volver al hotel y preparar la maleta para salir mañana temprano. Cuelgas y miras el mapa del teléfono, buscas el camino de vuelta curioseando en las calles de alrededor, te fijas en los nombres.

Una avenida cercana: Corso Bolzano. ¿Recuerdas? Aquel profesor de cálculo de la Facultad de Ciencias, aquel que era a la vez tan joven y tan distante, has olvidado su nombre y su voz pero recuerdas su cara y el miedo partiendo tu espalda en dos el día en que te hizo salir a la pizarra y demostrar frente a todo el mundo el teorema de Bolzano-Weierstrass. La pizarra era inmensa como una pantalla de cine —tendría, como poco, las dimensiones del Monviso—, el resto de alumnos a lo lejos en sus asientos, como en un auditorio, tan pocos a esa hora de la mañana que parecían salpicados en un valle, y tú no sabías de memoria la respuesta pero habías aprendido a pensarla, a escalar por la inducción bajo una mirada persecutoria como Ötzi atravesando aquella montaña imposible, a expresarte en aquel lenguaje, el de las matemáticas, que ya has olvidado y que te ayudaba a hablar con una lógica precisa. Ahora ya has olvidado lo que decía aquel teorema o cómo formularlo —qué lástima de todo lo que has olvidado, de llevar más de media vida desaprendiendo cosas que eran bellas o al menos interesantes—, pero recuerdas su significado, o al menos algo que se desprendía de él: que todo camino de vuelta implica el paso por lugares equivalentes —si no idénticos— a los del camino de ida, blasfemia matemática que cobra sentido ahora que vuelves al hotel por calles tan parecidas a las que utilizaste para venir, cuadrículas cartesianas de un mapa en el que dibujas una parábola temblorosa.

Un paso detrás de otro: te costaría decir si este es el camino de ida o el de vuelta, en qué momento termina esta caminata. ¿Cómo saberlo? ¿Cuándo supo Ötzi, que unos enemigos emboscados acechaban para matarle? Si contaras todos los granos de arena de todas las playas del mundo, saldría un número más pequeño que la constante de Avogadro. La realidad es inabarcable como el tamaño real del Monviso asomando entre las nubes, visto desde un avión de pasajeros que vuela demasiado alto y se pierde diminuto en el cielo, como un pájaro cansado o un recuerdo arrastrado por el viento.

G.G.Q.
Madrid, 14 de febrero de 2025