Instrucciones para observar un eclipse de Luna
Mapa de la luna, obra de Hevelius, incluído en Selenographia, sive Lunae descriptio.«Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. Ya no compartirás la clara Luna ni los lentos jardines», escribió Borges. La selenografía tiene nombre como de arte contemplativo, un oficio de soñadores que parece compatible con los amores estivales, el mirar infatigable y eterno. Qué extraño sortilegio es este de clausurar el verano con el enigma de un eclipse de Luna —¿el fin de cuántos amores, ya heridos de muerte, presagia?—.
Me acordé de un cuento de García Márquez en el que la fascinación inevitable por los eclipses se romantiza para contarnos las órbitas seductoras entre Ana Magdalena Bach y un hombre, tímido y misterioso, al que conoce en un hotel. En cierto momento, el hombre misterioso le propone salir para ir a ver un eclipse de Luna. «Tenía una pasión infantil por los eclipses, pero toda la noche se había debatido entre el decoro y la tentación, y no encontró un argumento válido para no aceptar», escribió García Márquez en su cuento La noche del eclipse.
El cuento —que os recomiendo leer—, muestra unas cosas y oculta otras, va revelando ciertos detalles de su lado oscuro, igual que la libración lunar, esa especie de bamboleo hipnótico que va exponiendo poco a poco algunas zonas de la cara oculta. Galileo Galilei lo llama titubeo en Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, aunque quien lo describió con mayor precisión fue Johannes Hevelius en su obra Selenographia, sive Lunae descriptio.
Como un amante infatuado por los primeros compases del amor, Johannes Hevelius construyó en su propia casa un observatorio astronómico desde el que, además de descubrir cuatro cometas y sugerir la órbita elíptica con la que rodeaban al sol, cartografió la Luna con una precisión hasta entonces inaudita. Hevelius y su esposa, Elisabetha Koopmann Hevelius, trabajaron juntos en la elaboración de varias obras por las que se les considera padres de la topografía lunar.
Hay cierto paralelismo entre la biografía de los Hevelius y el cuento de García Márquez: se cuenta que Johannes Hevelius, en algún momento, prometió a la niña Elisabeth Koopman que cuando fuera mayor le enseñaría “las maravillas del cielo”. Se casaron años más tarde cuando ella tenía quince y él más de cincuenta y compartieron su vida y su oficio de astrónomos hasta la muerte de él en 1687. La clara Luna y los lentos jardines, diría Borges. Luego, Elisabeth Koopman siguió trabajando y completó la obra que Hevelius había dejado inacabada.
Pasan los siglos, desde la segunda batalla de Siracusa hasta el mundo actual del conocimiento inabarcable. Pero no varía el hechizo lunar sobre la humanidad, seguimos mirando al cielo como los primeros espectadores de una película de Georges Méliès. Somos una congregación dispersa de observadores del firmamento, temerosos y enamorados. En el fondo, no es nada la Luna si no se comparte.
G.G.Q.
Madrid, 6 de septiembre de 2025





